Un lugar de encuentro

Este es un lugar de encuentro para los apasionados por la lectura, el cine, la historia, el arte, la Filosofía y el pensamiento crítico.
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miércoles, 17 de marzo de 2010

más sobre lo que se comenta actualmente

"Desde 1995 se ha denunciado en Alemania 210.000 casos de abusos sexuales de algún tipo. De ellos, 94 (noventa y cuatro) afectan a personas o instituciones de la Iglesia católica.

Eso supone el 0,045 %. No el 4%, ni el 0,4% sino el 0,0447%

El dato lo ofrece el veterano periodista Luigi Accattoli en un artículo publicado en Liberal (9 de marzo 2010)

["Ora è il turno della Germania e la fiamma raddoppia perché il Papa è tedesco. In Germania dal 1995 sono stati denunciati 210 mila casi di abusi su minori e quelli coinvolgenti la Chiesa cattolica sarebbero 94: ce n’è per tutti.

http://www.liberal.it/media/340307/09_03_liberal_10.pdf]

Antes de seguir adelante, subrayo -para evitar equívocos- lo que ya he dicho aquí varias veces: un solo caso ya es demasiado. No se trata, por tanto, de hacer un ranking ni de ver quien se ha comportado peor. Pero al mismo tiempo, es preciso reconocer que -a juzgar por los titulares de prensa de estos días-, se diría que la gran bestia negra es la Iglesia católica y sus depravados ministros.

“Es fácil explicar el ensañamiento de los medios sobre el clero católico”, dice Accattoli. “El mundo de los periodistas apoya espontáneamente la 'revolución sexual' e individua fácilmente en el clero católico la mayor resistencia a tal orientación, de aquí el ímpetu con el que da resalto -si puede- a las contradicciones”. Es una observación interesante de una persona que lleva cuarenta años trabajando en diarios como La Repubblica y Corriere della Sera.

Dejando de lado lo que puedan decir o hacer los demás, resulta admirable la "operación limpieza" que está llevando a cabo Benedicto XVI, de la que ya habló en el memorable Via Crucis de 2005 (escrito por el cardenal Ratzinger y seguido por Juan Pablo II, pocos días antes de morir, desde la capilla de su apartamento)."

http://www.laiglesiaenlaprensa.com/2010/03/operaci%C3%B3nlimpieza-de-benecito-xvi.html

martes, 16 de marzo de 2010

Aclaraciones de la Iglesia ante los continuos señalamientos de la prensa

CIUDAD DEL VATICANO, lunes 15 de marzo de 2010.- Publicamos el artículo que con el título "El rigor de Benedicto XVI contra la suciedad en la Iglesia" ha publicado el 14 de marzo, en la edición italiana de "L'Osservatore Romano", Monseñor Giuseppe Versaldi, Obispo de Alejandría (norte de Italia), profesor emérito de Derecho Canónico y Psicología en la Universidad Pontificia Gregoriana.



* * *





Es oportuno hacer algunas aclaraciones sobre los abusos sexuales contra menores de edad que en el pasado han sido realizados por personas pertenecientes al clero católico y que ahora, especialmente en algunos países, están saliendo a la luz con gran espacio en muchos medios de comunicación. Ante todo, hay que confirmar la condena sin reservas de estos delitos gravísimos que son repugnantes para la conciencia de cualquier persona. Si además estos crímenes son cometidos por personas que desempeñan un papel en la Iglesia, personas en las que se pone una especial confianza por parte de los fieles y en particular de los niños, entonces el escándalo es aún más grave y condenable. La Iglesia no pretende tolerar ninguna incertidumbre sobre la condena del delito ni sobre el alejamiento del ministerio de quien se mancha con tanta infamia, junto a la justa reparación con las víctimas.

Confirmada esta posición, hay que subrayar un ensañamiento con la Iglesia católica, como si fuera la institución en la que con más frecuencia se comenten estos abusos Por amor a la verdad hay que decir que el número de sacerdotes culpables de estos abusos en América del Norte, donde se han registrado el mayor número de casos, es muy reducido y es todavía inferior en Europa. Si esto replantea cuantitativamente el fenómeno, no atenúa de ningún modo su condena ni la lucha por extirparlo, pues el sacerdocio exige que accedan únicamente personas humana y espiritualmente maduras. Aunque sólo se diera un caso de abuso por parte de un sacerdote sería inaceptable.

Sin embargo, no se puede dejar de constatar que la imagen negativa atribuida a la Iglesia católica a causa de estos delitos parece exagerada. Además, hay quien atribuye al celibato de los sacerdotes católicos la causa de los comportamientos desviados, mientras que está comprobado que no existe ninguna relación de causa: ante todo, porque es sabido que los abusos sexuales sobre los menores de edad están más difundidos entre los laicos y los casados que entre el clero célibe; en segundo lugar, los datos de las investigaciones revelan que los sacerdotes culpables de abusos ya no observaban el celibato.

Pero es todavía más relevante subrayar que la Iglesia católica, a diferencia de la imagen deformada con la que se la quiere presentar, es la institución que ha decidido librar la batalla más clara contra los abusos sexuales contra los menores de edad, comenzando por su interior. En esto hay que reconocer que Benedicto XVI ha dado un impulso decisivo a esta lucha, gracias a su experiencia de más de veinte años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. No hay que olvidar que precisamente desde ese observatorio el cardenal Ratzinger ha tenido la posibilidad de seguir los casos de abusos que eran denunciados y ha favorecido una reforma, incluso legislativa, más rigurosa en esta materia.

Ahora, como supremo pastor de la Iglesia, el Papa mantiene en este campo --y no sólo en éste-- un estilo de gobierno que busca la purificación de la Iglesia, eliminando la "suciedad" que se impregna en ella. Benedicto XVI ha demostrado ser un pastor vigilante de su grey, a diferencia de la imagen falseada que le presenta como un estudioso que lo único que hace es escribir libros, y que delegaría a los demás el gobierno de la Iglesia, según el cliché que algunos quieren ponerle, por desgracia incluso desde dentro de la jerarquía católica. Gracias al mayor rigor del Papa, diferentes conferencia episcopales están aclarando los casos de abusos sexuales, y colaborando con las autoridades civiles para hacer justicia a las víctimas.

Es por tanto paradójico presentar a la Iglesia como si fuera la responsable de los abusos contra los menores de edad e injusto no reconocerle a ella, y en especial a Benedicto XVI, el mérito de una batalla abierta y decidida contra los delitos cometidos por sus sacerdotes. A esta paradoja se le añade otra: cuando a Iglesia establece sabiamente normas más severas para prevenir el acceso de personas inmaduras en el campo sexual, en general, es atacada y criticada por ese mismo sector que la presenta como la principal responsable de los abusos contra menores de edad. La línea rigurosa y clara asumida por la Santa Sede tiene que ser acogida por la Iglesia, y no sólo por la Iglesia, para garantizar la verdad, la justicia y la caridad hacia todos.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]
Fuente Zenit.org

miércoles, 17 de febrero de 2010

Mensaje del Miércoles de Ceniza de Benedicto XVI

Catequesis del Papa Benedicto XVI, durante la Audiencia General celebrada el 17 de febrero del 2010 en el Aula Pablo VI con peregrinos de los cinco continentes

Queridos hermanos y hermanas
Iniciamos hoy, miércoles de Ceniza, el camino cuaresmal: un camino que se extiende durante cuarenta días y que nos lleva a la alegría de la Pascua del Señor. En este itinerario espiritual no estamos solos, porque la Iglesia nos acompaña y nos sostiene desde el principio con la Palabra de Dios, que encierra un programa de vida espiritual y de compromiso penitencial, y con la gracia de los Sacramentos.
Son las palabras del apóstol Pablo las que nos ofrecen una consigna precisa: “os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Pues dice él: 'En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé'. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación” (2Cor 6,1-2). En verdad, en la visión cristiana de la vida cada momento debe decirse favorable y cada día debe llamarse día de salvación, pero la liturgia de la Iglesia refiere estas palabras de modo muy particular al tiempo de la Cuaresma. Y que los cuarenta días de preparación de la Pascua sean un tiempo favorable y de gracia lo podemos entender precisamente en la llamada que el austero rito de la imposición de las cenizas nos dirige y que se expresa, en la liturgia, con dos fórmulas: “Convertíos y creed en el Evangelio”, y “Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás”.
La primera llamada es a la conversión, palabra que hay que tomar en su extraordinaria seriedad, descubriendo la sorprendente novedad que encierra. La llamada a la conversión, de hecho, pone al desnudo y denuncia la fácil superficialidad que caracteriza muy a menudo nuestro modo de vivir. Convertirse significa cambiar de dirección en el camino de la vida: pero no para un pequeño ajuste, sino con una verdadera y total inversión de la marcha. Conversión es ir contracorriente, donde la “corriente” es el estilo de vida superficial, incoherente e ilusorio, que a menudo nos arrastra, nos domina y nos hace esclavos del mal o en todo caso prisioneros de la mediocridad moral. Con la conversión, en cambio, se apunta a la medida alta de la vida cristiana, se nos confía al Evangelio vivo y personal, que es Cristo Jesús. Su persona es la meta final y el sentido profundo de la conversión, él es el camino sobre el que estamos llamados a caminar en la vida, dejándonos iluminar por su luz y sostener por su fuerza que mueve nuestros pasos. De esta forma la conversión manifiesta su rostro más espléndido y fascinante: no es una simple decisión moral, que rectificar nuestra conducta de vida, sino que es una decisión de fe, que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna forma sólo cercanas entre sí, sino que expresan la misma realidad. La conversión es el "sí" total de quien entrega su propia existencia al Evangelio, respondiendo libremente a Cristo, que primero se ofreció al hombre como camino, verdad y vida, como aquel que lo libera y lo salva. Precisamente este es el sentido de las primeras palabras con las que, según el evangelista Marcos, Jesús abre la predicación del “Evangelio de Dios”: “"El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15).
El "convertíos y creed en el Evangelio" no está solo en el inicio de la vida cristiana, sino que acompaña todos sus pasos, permanece renovándose y se difunde ramificándose en todas sus expresiones. Cada día es momento favorable de gracia, porque cada día nos invita a entregarnos a Jesús, a tener confianza en Él, a permanecer en Él, a compartir su estilo de vida, a aprender de Él el amor verdadero, a seguirle en el cumplimiento cotidiano de la voluntad del Padre, la única gran ley de vida. Cada día, aún cuando no faltan las dificultades y las fatigas, los cansancios y las caídas, aún cuando estamos tentados de abandonar el camino de seguimiento de Cristo y de cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, sin darnos cuenta de la necesidad que tenemos de abrirnos al amor de Dios en Cristo, para vivir la misma lógica de justicia y de amor. En el reciente Mensaje para la Cuaresma he querido recordar que “se necesita humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo 'mío', para darme gratuitamente lo 'suyo'. Esto sucede particularmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias al amor de Cristo, podemos entrar en la justicia 'más grande', que es la del amor (cfr Rm 13,8-10), la justicia de quien se siente en todo momento más deudor que acreedor, porque ha recibido más de cuanto podía esperar" (L'Oss. Rom. 5 de febrero de 2010, p. 8).
El momento favorable y de gracia de la Cuaresma nos muestra el propio significado espiritual también a través de la antigua fórmula: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”, que el sacerdote pronuncia cuando impone sobre nuestra cabeza un poco de ceniza. Somos así remitidos a los inicios de la historia humana, cuando el Señor dijo a Adán tras la culpa de los orígenes: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás" (Gen 3,19). Aquí, la palabra de Dios nos recuerda nuestra fragilidad, incluso nuestra muerte, que es su forma extrema. Frente al innato miedo del fin, y aún más en el contexto de una cultura que de tantas formas tiende a censurar la realidad y la experiencia humana del morir, la liturgia cuaresmal, por un lado, nos recuerda la muerte invitándonos al realismo y a la sabiduría, pero, por otro lado, nos empuja sobre todo a coger y a vivir la novedad inesperada de que la fe cristiana libera de la realidad de la misma muerte.
El hombre es polvo y al polvo volverá, pero es polvo precioso a los ojos de Dios, porque Dios ha creado al hombre destinándolo a la inmortalidad. Así la fórmula litúrgica “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” encuentra la plenitud de su significado en referencia al nuevo Adán, Cristo. También el Señor Jesús quiso libremente compartir con cada hombre la suerte de a fragilidad, en particular a través de su muerte en cruz; pero precisamente esta muerte, llena de su amor por el Padre y por la humanidad, ha sido el camino para la resurrección gloriosa, a través de la cual Cristo se ha convertido en fuente de una gracia dada a cuantos creen en Él y son hechos partícipes de la misma vida divina. Esta vida que no tendrá fin está ya presente en la fase terrena de nuestra existencia, pero será llevada a cumplimiento tras la “resurrección de la carne” El pequeño gesto de la imposición de las cenizas nos revela la singular riqueza de su significado: es una invitación a recorrer el tiempo de Cuaresma como una inmersión más consciente y más intensa en el misterio pascual de Cristo, en su muerte y su resurrección, mediante la participación en la Eucaristía y en la vida de caridad, que de la Eucaristía nace y en la que encuentra su cumplimiento. Con la imposición de las cenizas renovamos nuestro compromiso de seguir a Jesús, de dejarnos transformar por su misterio pascual, para vencer el mal y hacer el bien, ara hacer morir nuestro “hombre viejo” ligado al pecado y hacer nacer al “hombre nuevo” transformado por la gracia de Dios.
¡Queridos amigos! Mientras nos apresuramos a emprender el austero camino cuaresmal, queremos invocar con particular confianza la protección y el auxilio de la Virgen María. Que sea Ella, la primera creyente en Cristo, quien nos acompañe en estos cuarenta días de intensa oración y de sincera penitencia, para llegar a celebrar, purificados y completamente renovados en la mente y en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de su Hijo.
¡Buena Cuaresma a todos!
©Libreria Editrice Vaticana

lunes, 15 de febrero de 2010

Tierra de Penumbras

Amor y Dolor en C. S. Lewis
"Tierras de penumbra", de Richard Attenborough

En este principio de siglo, inesperado barrendero de utopías, mucha gente se ha quedado sin respuestas a las preguntas cruciales. La cuestión es decisiva. Pues lo mismo que hunde a algunos en la desesperanza puede abrir a otros horizontes sobrenaturales. Es lo que muestra, magistralmente, Richard Attenborough en su película, Tierras de penumbra (Shadowlands). A través de ella acerca al gran público la vida y obra del escritor inglés C. S. Lewis, uno de los más destacados apologistas cristianos del siglo XX. Sus preciosas imágenes ofrecen una sugestiva mirada al dolor que comporta la entrega al amor.

“Tierras de penumbra” describe una historia de amor: la que mantuvieron en los años cincuenta C. S. Lewis (Anthony Hopkins) y la poetisa norteamericana Helen Joy Gresham (Debra Winger). Joy, de origen judío, se había convertido al cristianismo influida en gran medida por las obras de Lewis. Tras varios años de relación epistolar, Joy visita por vez primera a Lewis en 1952. Al año siguiente, tras divorciarse de su marido alcohólico, el también escritor William Gresham, Joy se instala definitivamente en Inglaterra con sus dos hijos.
Desde ese momento, el trato entre Joy y Lewis se intensifica, sin salirse inicialmente de los límites de una amistad puramente intelectual. Pero en 1956 se diagnostica a Joy un grave cáncer óseo. Lewis acepta entonces un singular matrimonio civil de conveniencia para que Joy pueda obtener la nacionalidad británica. Poco a poco, el sesudo y solterón profesor de Oxford se da cuenta de que siente por Joy verdadero amor. Y así, el 21 de marzo de 1957 tiene lugar la boda canónica anglicana en la habitación del hospital donde estaba ingresada Joy. Por aquel entonces, Lewis tenía 59 años; ella, 42.
Joy se recupera momentáneamente, vive con sus dos hijos en la casa de Lewis en Oxford e, incluso, hace con él un viaje a Grecia en la primavera de 1960. Son los años más felices de la vida de ambos. Pero al poco del viaje a Grecia, Joy vuelve a recaer y, finalmente, muere tres meses después.
Esta historia romántica ha sido convertida en guión cinematográfico por William Nicholson, a partir de un trabajo suyo para la televisión británica, más tarde convertido en obra de teatro. En su adaptación -que opta al Oscar-, Nicholson se ha tomado algunas licencias. Entre otras cosas, sólo aparece uno de los hijos de Joy, Douglas (Joseph Mazzello), y no se cita el viaje a Grecia ni la controversia entre el obispo anglicano de Oxford y Lewis por su matrimonio con una divorciada.
Por otro lado, la Joy real era menos atractiva y estaba más avejentada que la que representa en pantalla Debra Winger. Sin embargo, estas licencias y omisiones no afectan decisivamente a los elementos fundamentales de la historia real.
Supuesta soledad

La película presenta a Lewis como un profesor cauteloso que vive "encerrado en la cárcel de sí mismo", lee profusamente "para saber que no está solo" y organiza su vida privada para que nadie pueda tocarla. A pesar de sus encendidas proclamas, tiene miedo a darse del todo a los demás, a dejarse llevar por las emociones o las pasiones humanas, aunque sean nobles. Porque sabe que la alegría de amar de verdad pasa de un modo u otro por saborear también el regusto amargo del dolor.
Quizá en este punto la película desfigura un poco la realidad. Sin duda, el hermético ambiente académico de Oxford -muy bien descrito en el film- y su propio carácter introvertido marcaron la personalidad de Lewis. Pero no hay que olvidar que en aquellos años ya era muy popular, que participaba en una animada tertulia de escritores y que siempre consideró y vivió la amistad -así lo señaló en Los cuatro amores- como "uno de los platos fuertes en el banquete de la vida".
Estas ideas se apuntan en la película, pero no se desarrollan. También queda en simple esbozo -aunque de gran vigor- el trabajo de Lewis como educador y como novelista de éxito, sobre todo a través de su famosa saga infantil Las crónicas de Narnia. Ha preferido Attenborough diseccionar a fondo su encuentro, gozoso y trágico a la vez, con el amor y la muerte.
El cincel de Dios

En efecto, esa supuesta soledad de Lewis se ve trágicamente rota con su relación con Joy Gresham, que, a diferencia de él, es pura vitalidad. En un principio, la muerte de Joy hizo tambalearse incluso las firmes convicciones religiosas de Lewis, como él mismo reconoció con desgarrada sinceridad en su obra Una pena observada. Sin embargo, el choque con el sufrimiento le serviría finalmente para madurar su fe.
Él ya sabía la teoría. Así, a lo largo del film, se ve a Lewis desarrollar en conferencias dos ideas clave en torno al dolor. Por un lado, señala que "el sufrimiento es el cincel que Dios emplea para perfeccionar al hombre". Por otro, defiende que es precisamente el sufrimiento el que "nos lanza al mundo de los demás". Pero será al sentir en propia carne el dolor por la muerte de un ser amado cuando Lewis comprenda el verdadero alcance de sus afirmaciones.
Hondura sin sentimentalismo

Era muy difícil abarcar plenamente la rica personalidad de Lewis, pero su talla humana e intelectual queda patente en la película. En este sentido, la sutilísima y contenida caracterización de Anthony Hopkins resulta magistral; como lo es también la de Debra Winger, que le ha valido la candidatura al Oscar a la mejor actriz.
Por su parte, Richard Attenborough lleva a cabo una primorosa puesta en escena, de ritmo apacible, que permite una sólida definición de caracteres y ambientes. Además, evita con decisión la tendencia hacia el exceso melodramático propio de la historia, a través de un punto de vista en el que la reflexión domina siempre sobre el sentimentalismo.
En el aspecto formal, Attenborough ha jugado con acierto la baza de la humildad: su cámara deja en todo momento que se luzcan los actores y que resplandezcan con luz propia los certeros diálogos. El premio es que sus encuadres y movimientos de cámara -a veces muy sugestivos-, así como su cuidado envoltorio fotográfico (Roger Pratt) y musical (George Fenton), acaban revelando su perfección técnica y su hondura artística.
A los expertos en Lewis quizá les sepa a poco la película: hay tantos temas interesantes que no trata... Pero no se puede negar que es una auténtica obra de arte. Porque su belleza formal es reflejo de una profunda verdad: la que se refiere a la dignidad, la trascendencia y la capacidad de amor, solidaridad y sacrificio del ser humano.
A pesar del título, no hay ni rastro de pesimismo en las conclusiones: la película acaba siendo una enérgica afirmación de la vida. Como decía el propio C. S. Lewis, "vivimos en tierras de penumbra"; pero "hay luz en la oscuridad".
Jerónimo José Martín: Entender el sufrimiento
Tierras de penumbra es una película singular, porque ofrece frontalmente una reflexión seria sobre el sentido del dolor. Naturalmente, en una película no hay tiempo para mucho, pero el esquema es nítido, veraz, fuera de toda ñoñería y de toda tonta incredulidad.
Vemos a C. S. Lewis, conferenciante de temas cristianos, tratando con frecuencia el tema del dolor. Aparecen muchos de los argumentos cristianos verdaderos, pero repetidos con frecuencia sin haberlos experimentado. Esa posición de Lewis puede verse en su libro El problema del dolor (1). Ideas como ésta: "Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundo sordo".
Pues bien: muere, de cáncer, su esposa Joy Gresham. Y aquel hombre, que hablaba muy bien del amor, pero que no había querido con locura a nadie, salvo a su Joy, se da cuenta de que la mayoría de las cosas que ha escrito y predicado sobre la aceptación del dolor suenan literalmente a música celestial.
En esa circunstancia, escribe unos cuadernos con sus doloridas impresiones ante la muerte de su esposa -designada en ellos como H.- y sus quejas dirigidas a Dios. Después de la película he vuelto a leer ese libro -Una pena observada (2)- y sigo pensando que esa obra es como una vacuna. Y que deberían leerla -por desgracia, está agotada- todas las personas que han sentido a veces chirriar algo en su interior cuando "el consuelo de la religión" es presentado como una cadena de tópicos.
Una vacuna

Lewis rectifica después sus quejas iniciales contra Dios, pero pienso que no como un final feliz, sino en otro plano, difícil incluso de explicar, pero real, profundo, de verdadera raíz de fe. Esa fe que no tiene necesariamente que pasar por la prueba, pero de la que no puede excluirse la dureza desgarradora de la prueba.
No es que Lewis se rebele contra Dios. No es, ni a distancia, de esos que escriben una vez más que "después de Auschwitz no se puede creer en Dios". O de ésos que siguen con el tópico de que "después de la muerte de un niño inocente es imposible escribir poesía". Es una vacuna contra la superficialidad religiosa.
Lo que se puede ver en “Una pena observada” no es que Lewis no entienda la muerte de Joy: la muerte es lo primero que se entiende cuando se llega a la edad adulta. Lo corriente es la muerte.
Lo que no se entiende es que te tengas que quedar sin los momentos de alguien a quien amas en cada momento. En la película hay una escena memorable, en la que el hijo de Joy y Lewis lloran en el desván, lloran sin consuelo posible, porque no pueden admitir que Joy no esté: quieren verla. Y esa palabra, verla, da idea de todo el dolor, del imparable dolor.
La cuestión no es tanto que en el amor de Lewis (y en el de tantos casos semejantes, en el dolor de gente con fe) hubiera un desorden, por el que colocaba a Joy por encima de Dios. Era el hueco que deja el amor, el desgarrón de la ausencia, el muñón del sentimiento... Algo especialmente doloroso cuando, además, Joy era una persona activa, sin tontas pudibundeces, con una energía insólita. Ella supo morir con más fortaleza de la que tuvo Lewis al soportar la terrible ausencia.
"No entendéis"

En la última parte de Una pena observada, Lewis llega a una situación de mayor conformidad con la voluntad de Dios, siempre sin tópicos baratos. Por así decir, llega a ver un poco las cosas desde el punto de vista de Dios. Y piensa que Dios no le consuela con los tópicos que a veces usan algunos de sus predicadores, sino que le mete en otro mundo, en otra lógica.
El lenguaje de Lewis es éste: "Cuando le planteo estos dilemas a Dios, no hallo contestación. Aunque más bien es una forma especial de decir: 'No hay contestación'. No es la puerta cerrada. Es más bien como una mirada silenciosa y en realidad no exenta de compasión. Como si Dios moviera la cabeza no a manera de rechazo sino esquivando la cuestión. Como diciendo: 'Cállate, hijo, que no entiendes'". Es la lógica de Dios.
En esa nueva lógica, no se suprime el dolor, ni siquiera se dice que es un "megáfono para despertar a un mundo sordo". En esa nueva lógica todo queda con los tintes duros -pero no tristes- de una muerte que es un mazazo al corazón. Pero se mira a Dios y se llega a pensar, aunque no se digan quizá esas palabras, que "Él sabe más". Por eso puede escribir: "Mis apuntes han tratado de mí, de H. y de Dios. Por ese orden. Exactamente el orden y las proporciones que no deberían haberse dado". El orden que debería haberse dado es, claramente, "Dios, H. y yo".
Dos plagas

Es pensable que, cuando se plantea una nueva evangelización, lo primero que debería hacerse es un esfuerzo nuevo para evitar los viejos tópicos, los refranes repetidos por enésima vez, la simple "técnica de hablar de Dios", como decía San Josemaría Escrivá que les quedaba a algunos que habían echado por la borda todo lo demás. El caso de Lewis, ante un tema crucial como el del sentido del dolor por la muerte de alguien a quien se ama con locura, es ejemplar. Tanto en el mismo tema como en el tono, en el estilo, en la dimensión en la que se sitúa.
Las dos grandes plagas de la religión, desde dentro de la práctica de la misma religión, han sido, desde hace quizá más de dos siglos, el puritanismo y, por decirlo de algún modo, el sacristanismo. El puritanismo, porque ve antes que nada el castigo y el rigor. Y el sacristanismo, porque entiende la religión como algo antes que nada institucional y, dentro de eso, un poco a lo “cosa nostra”.
Son muy frecuentes hoy día las quejas por el contenido inmoral de aquel libro, de esa serie de televisión, de esa película. Pues una vez que se tiene una película inmejorable desde casi cualquier punto de vista, Tierras de penumbra, y un libro que se toma la fe en serio, Una pena observada, sería un poco triste que pasasen inadvertidos, o como simples hechos de los que se habla.
Rafael Gómez Pérez: Un estudio completo y sistemático del pensamiento de Lewis

C. S. Lewis se enmarca en esa rica tradición de apologistas cristianos -Chesterton, Belloc, Knox, Sayers...- que el mundo anglosajón ha dado en los dos últimos siglos. Como ellos, Lewis fue un autor polifacético que, desde su perspectiva anglicana, intentó en todas sus obras traducir al gran público la doctrina cristiana, a través de un aplastante y profundo sentido común.
Si se tiene en cuenta la amplitud y popularidad de la obra de Lewis -es uno de los autores de lengua inglesa más leídos-, se comprende lo difícil que es hacer un estudio completo y sistemático de su pensamiento. Es la tarea que han afrontado -con hondura, ponderación y claridad- los hermanos María Dolores y José Miguel Odero en C. S. Lewis y la imagen del hombre (3), la primera obra en castellano de estas características. Se nota en el libro la sólida formación teológica y humanística de sus autores: ambos son doctores en Teología; además, ella es licenciada en Medicina y él doctor en Filosofía y profesor en la Universidad de Navarra.
El libro se estructura en cinco capítulos. El primero ofrece una pormenorizada semblanza de C. S. Lewis, la más amplia publicada hasta el momento en castellano. El segundo capítulo hace un apretado repaso de las principales obras de Lewis, de modo que sirve para definir a grandes rasgos su trayectoria espiritual y humanística. Así, prepara al lector para enfrentarse en los siguientes capítulos a la antropología, la teología y la concepción de la literatura de C. S. Lewis, siempre desde la perspectiva de sus sólidas convicciones cristianas. Completa el volumen una amplia bibliografía.
Sin disimular su admiración por Lewis, los hermanos Odero destacan la hondura del pensamiento del autor inglés, así como la elegancia de su estilo, su rica imaginación y su afilado sentido del humor. Estas características ponen de manifiesto también la actualidad de su obra, progresivamente revalorizada con el paso del tiempo. Pocos escritores tienen el honor de ser traducidos o citados habitualmente por gente de la talla de Josef Pieper, Robert Spaemann o el propio Card. Ratzinger (S.S.Benedicto XVI).
Pero los autores no se quedan en simples alabanzas; también analizan a fondo las deficiencias -sobre todo filosóficas y teológicas- del pensamiento de Lewis. En este punto, y a pesar de la ortodoxia casi general de sus escritos, queda patente la formación anglicana de Lewis y sus prejuicios contra el catolicismo.
En todo caso, el libro muestra el enorme valor, sobre todo apologético, de los escritos de C. S. Lewis. Como señalaba uno de sus mejores críticos, H. Hyslop, "a pesar de sus defectos, Lewis hizo más que otros muchos al esforzarse por explicar la herencia cristiana a una generación mal instruida y equivocada".
Jerónimo José Martín (1) C. S. Lewis. El problema del dolor. Editorial Universitaria. Santiago de Chile (1990). 163 págs. (2) C. S. Lewis. Una pena observada. Versión de Carmen Martín Gaite. Trieste. Madrid (1989). 80 págs. (3) María Dolores Odero y José Miguel Odero. C. S. Lewis y la imagen del hombre. EUNSA. Pamplona (1994). 427 páginas.

domingo, 14 de febrero de 2010

¿Se puede decir algo más sobre C. S. Lewis?

Reseña: Una pena en observación, de C.S. Lewis

“Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.” Cuando la resbaladiza muerte se cierne sobre los dos platillos de la balanza con que los humanos pretendemos comprenderlo todo y se escapa de los límites con que los humanos llegamos al entendimiento. Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde, quizás demasiado tarde, cuando las hipótesis, las causas cotidianas, los conceptos de justo e injusto, lo esperable y lo inesperado se deshacen, carentes de sentido, falacias protectoras que nos han abandonado, ante la muerte, ante el único argumento de la obra.

Esta parece ser la anagnórisis a que llega C.S. Lewis en su brutal observación de la pena. Un pena en observación es el camino lento y doloroso a través del que Lewis consigue aceptar la muerte de su esposa como algo que escapa al razonamiento, a la imploración y a la noción de justicia. Aceptarla, quizás, como algo inaceptable. Es un camino destructivo, en el que Lewis, a fuerza de observarse a sí mismo y sus reacciones ante la muerte, ante el recuerdo de la mujer amada y ante ese pícaro Dios, siempre de brazos cruzados, consigue ir destrozando dentro de sí todos los prejuicios y los límites que, afianzados en su interior como parte de una cultura o de una concepción vital, no le dejan acercarse a la muerte de una forma quizás más sosegada, más constructiva, más alentadora. Destruir para construir, podar para crecer, matar conceptos y prejuicios para poder vivir, son los argumentos de la obra de Lewis.

Una pena en observación es, pues, una reflexión sobre las reacciones ante la muerte, sobre cómo ésta nos estraga el rostro y los conceptos, sobre la imposibilidad de aceptarla echando mano de los consuelos y los parámetros con que la queremos juzgar o valorar cuando estamos vivos. Quizás “reflexión” no es la palabra adecuada para resumir el libro. La reflexión es, más bien, algo que sucede. C.S. Lewis aparece más bien como un perro cansado merodeando sin cesar en torno a un mismo hecho, intentando discernir el olor de la muerte del suyo propio.

El libro lo forman cuatro cuadernos en los que Lewis va descartando formas de enfrentarse a la muerte de su esposa, la poetisa Helen Graham. Lewis va verbalizando todo lo que le sucede y así, va reconociendo sus sentimientos. Al ponerles nombre a algunas sensaciones, por ejemplo, al reconocer que “la pena se vive como miedo”, experimenta, al menos, la tranquilidad de saber lo que le ocurre.

Lewis va pasando por todos los estados y es terriblemente sincero, describe las “lágrimas sensibleras”en que cae una y otra vez, pero también sabe que pasar por ese estado, reconocerlo y asumirlo son los únicos medios para superarlo. En el primer cuaderno, ya se da cuenta de que tiene dos motivos para la tristeza: la desgracia y la consideración de la desgracia:

”Gran parte de una desgracia cualquiera consiste, por así decirlo, en la sombra de la desgracia, en la reflexión sobre ella.”


Pero el libro no es un monólogo reflexivo y frío parecido a una aproximación intelectual hacia la muerte. Al contrario, es un monólogo brutal, en el que Lewis va dibujando y redibujando su cara estragada por la desgracia ante el espejo. A veces, es tanta la sinceridad, que quizás roza la impudicia. Pero remonta el vuelo enseguida, porque al fin y al cabo, no nos interesan los cabos rotos de la vida de Lewis, sino esa magnífica reflexión sentida o ese magnífico sentimiento reflexionado, que nos une irremediablemente a él.

La muerte no es una “cosa en sí”, no es un concepto, no se comprende, se aprende. La muerte no es una cordillera, ni siquiera una montaña, son las piedritas, las hebras, las motas, que en su aparición fragmentaria, acaban por darle un color distinto a la vida de Lewis. Si la muerte fuese un concepto que se vive como total, indistinto y estanco, sería una nube que se cierne sobre ciertos momentos de la vida, un malestar que va y viene, un recuerdo que se puede enterrar. Pero la muerte de H., para Lewis, es una montonera de sensaciones, de hilos que faltan, de detalles que ya no son los mismos y así es cómo se va emborronando la vida de Lewis, que ya nunca es la misma.

Lewis está ahora más solo que si nunca hubiera estado acompañado. Al faltarle los límites que supone limarse las aristas a diario con una persona al lado, Lewis tiene que conocerse otra vez, tiene que asumir que la muerte no es la separación total, sino un estado de no unión y no separación. El amor que evoca Lewis no es la unión perfecta de dos seres, el amor platónico que nos vuelve a nuestro estado primigenio de presunta felicidad. El amor de Lewis y H. era el amor que vive en la tensa línea que une separando, precisamente porque ella era “tan palmariamente ella y no yo”. Esa sensación cristalina de ser a base de verse en otro, es lo que le va faltando a Lewis. Por eso está más solo que nunca, porque ahora no sabe hasta dónde se extiende su propio ser. Ya no hay hitos, ya no hay límites, ya no hay aristas, la vida se sugiere como una nube continua, sin tiempo, “una vacía continuidad”.

Y sin embargo, Lewis sigue buceando en su propio sentimiento, intentando encontrarle un cauce, intentando volver a la vida a través de la muerte de H. Claro que se plantea si merece la pena vivir reconstruyendo los castillos asolados por esas fuerzas que no podemos controlar, si realmente merece la pena tener esperanza, si la esperanza conduce a algún lado, cuando, inesperadamente, la muerte la convierte en moneda sin valor. Claramente católico, ahora hasta Dios se le vuelve oscuro. Y sin embargo, sigue hurgando dentro, intentando diferenciar a Dios de su idea de Dios, trazando la distinción entre H. y el recuerdo de H., entre la pena de ayer y la de hoy. Y ese es el proceso brutal que va llenando las páginas de estos cuadernos, la necesidad de hacer algo más con la pena que “aguantarla”.

Son muchísimas las reflexiones que van sucediendo en el libro a base de ir tirando del hilo de los sentimientos enmarañados. El proceso de su tristeza ni siquiera es lineal, es un coro de gritos desmadejados, algunos de los cuales sí encuentran una melodía en que seguir siendo y otros, se quedan como notas descartadas, que no caben en esta pequeña sinfonía del dolor. Y sin embargo, en esta partitura de la inmensa tristeza, surge un Leitmotiv esperanzador, un deseo de integrar y transformar la pena, de no dejar a los muertos completamente muertos, enterrados y silentes, de acudir a ellos desde otra perspectiva, de sentirlos como algo más que vive en nosotros. “Cuanto menos la lloro, más cercana me parece sentirla”, dice Lewis. Y así, la sombra de H. se va transformando lentamente en algo que, quizás aún no es un rayo de sol, pero que, decididamente, quiere serlo.

Mensaje para la Cuaresma de S.S. Benedicto XVI

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Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2010. «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22)

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).
Justicia: “dare cuique suum”

Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).
¿De dónde viene la injusticia?

El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?
Justicia y Sedaqad

En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?
Cristo, justicia de Dios

El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).

¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.

Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2009
BENEDICTUS PP. XVI

jueves, 4 de febrero de 2010

El Capitán Ala Triste

El capitán Alatriste
Primera edición: Alfaguara, 1996
Páginas: 248


"No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente"... Con estas palabras empieza El capitán Alatriste, la historia de un soldado veterano de los tercios de Flandes que malvive como espadachín a sueldo en el Madrid del siglo XVII. Sus aventuras peligrosas y apasionantes nos sumergen sin aliento en las intrigas de la Corte de una España corrupta y en decadencia, las emboscadas en callejones oscuros entre el brillo de dos aceros, las tabernas donde Francisco de Quevedo compone sonetos entre pendencias y botellas de vino, o los corrales de comedias donde las representaciones de Lope de Vega terminan a cuchilladas. Todo ello de la mano de personajes entrañables o fascinantes: el joven Íñigo Balboa, el implacable inquisidor fray Emilio Bocanegra, el peligroso asesino Gualterio Malatesta, o el diabólico secretario del rey, Luis de Alquézar. Acción, historia y aventura se dan cita en estas páginas inolvidables. Si alguién no se anima a leer este hermoso libros, talvez le sirva lo siguiente:

Citas

* "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente".
o El capitán Alatriste (inicio de la novela).


* "En el tablero de la vida cada cual escaquea como puede"
o El capitán Alatriste, capítulo IV.


* "-No queda sino batirnos.

-¿Batirnos contra quién, don Francisco?
-Contra la estupidez, la maldad, la superstición, la envidia y la ignorancia [...] Que es como decir contra España, y contra todo." (Conversación entre don Francisco de Quevedo y el capitán Alatriste)

*
o El capitán Alatriste (Círculo de Lectores, Barcelona) pág. 64.


* "Pero nadie nace enseñado; y a menudo, cuando gozas de las debidas enseñanzas, es demasiado tarde para que estas sirvan a tu salud o a tu provecho".
o El capitán Alatriste, capítulo VII.

* "Era aquel sol un astro invisible, frío, calvinista y hereje, sin duda indigno de su nombre [...]"
o El Sol de Breda, capítulo I.


* “[…] Por eso nos batimos hasta el final con la crueldad de la antigua raza, el valor de quien nada espera de nadie, el fanatismo religioso y la insolencia que uno de nuestros capitanes, Don Diego de Acuña, expresó mejor que nadie en su famoso, apasionado y truculento brindis:

Por España; y el que quiera
defenderla honrado muera;
y el que traidor la abandone
no tenga quien le perdone,
ni en tierra santa cobijo,
ni una cruz en sus despojos,
ni las manos de un buen hijo
para cerrarle los ojos.
[…]

*
o El sol de Breda


* [...] Pues, desde siempre, ser lúcido y español aparejó gran amargura y poca esperanza [...]
o Limpieza de Sangre, Las aventuras del capitán Alatriste

O de lo que dijo el autor:

Arturo Pérez-Reverte

* "Alatriste era un mercenario, un asesino a sueldo, un personaje poco recomendable, pero tenía su ética, sus reglas del juego. Ahora, sería un proscrito, porque nadie entendería esas actitudes en un mundo como este donde palabras como dignidad, reputación, decencia, vergüenza torera y honradez se manipulan continuamente".

* "Esa tragedia de ser español, esa amargura, está reflejada en los libros de Alatriste. Cuando uno tiene memoria histórica de la de verdad, comprende que ser español no es fácil".

* ""Alatriste es más complejo. Dumas no quería mostrar la amargura de ser francés y yo sí he querido reflejar la amargura de ser español".

Venga a leer, hagamosle los honores a esta lengua de Cervantez que hablamos, a veces con poca dignidad.