Reseña: Una pena en observación, de C.S. Lewis
“Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.” Cuando la resbaladiza muerte se cierne sobre los dos platillos de la balanza con que los humanos pretendemos comprenderlo todo y se escapa de los límites con que los humanos llegamos al entendimiento. Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde, quizás demasiado tarde, cuando las hipótesis, las causas cotidianas, los conceptos de justo e injusto, lo esperable y lo inesperado se deshacen, carentes de sentido, falacias protectoras que nos han abandonado, ante la muerte, ante el único argumento de la obra.
Esta parece ser la anagnórisis a que llega C.S. Lewis en su brutal observación de la pena. Un pena en observación es el camino lento y doloroso a través del que Lewis consigue aceptar la muerte de su esposa como algo que escapa al razonamiento, a la imploración y a la noción de justicia. Aceptarla, quizás, como algo inaceptable. Es un camino destructivo, en el que Lewis, a fuerza de observarse a sí mismo y sus reacciones ante la muerte, ante el recuerdo de la mujer amada y ante ese pícaro Dios, siempre de brazos cruzados, consigue ir destrozando dentro de sí todos los prejuicios y los límites que, afianzados en su interior como parte de una cultura o de una concepción vital, no le dejan acercarse a la muerte de una forma quizás más sosegada, más constructiva, más alentadora. Destruir para construir, podar para crecer, matar conceptos y prejuicios para poder vivir, son los argumentos de la obra de Lewis.
Una pena en observación es, pues, una reflexión sobre las reacciones ante la muerte, sobre cómo ésta nos estraga el rostro y los conceptos, sobre la imposibilidad de aceptarla echando mano de los consuelos y los parámetros con que la queremos juzgar o valorar cuando estamos vivos. Quizás “reflexión” no es la palabra adecuada para resumir el libro. La reflexión es, más bien, algo que sucede. C.S. Lewis aparece más bien como un perro cansado merodeando sin cesar en torno a un mismo hecho, intentando discernir el olor de la muerte del suyo propio.
El libro lo forman cuatro cuadernos en los que Lewis va descartando formas de enfrentarse a la muerte de su esposa, la poetisa Helen Graham. Lewis va verbalizando todo lo que le sucede y así, va reconociendo sus sentimientos. Al ponerles nombre a algunas sensaciones, por ejemplo, al reconocer que “la pena se vive como miedo”, experimenta, al menos, la tranquilidad de saber lo que le ocurre.
Lewis va pasando por todos los estados y es terriblemente sincero, describe las “lágrimas sensibleras”en que cae una y otra vez, pero también sabe que pasar por ese estado, reconocerlo y asumirlo son los únicos medios para superarlo. En el primer cuaderno, ya se da cuenta de que tiene dos motivos para la tristeza: la desgracia y la consideración de la desgracia:
”Gran parte de una desgracia cualquiera consiste, por así decirlo, en la sombra de la desgracia, en la reflexión sobre ella.”
Pero el libro no es un monólogo reflexivo y frío parecido a una aproximación intelectual hacia la muerte. Al contrario, es un monólogo brutal, en el que Lewis va dibujando y redibujando su cara estragada por la desgracia ante el espejo. A veces, es tanta la sinceridad, que quizás roza la impudicia. Pero remonta el vuelo enseguida, porque al fin y al cabo, no nos interesan los cabos rotos de la vida de Lewis, sino esa magnífica reflexión sentida o ese magnífico sentimiento reflexionado, que nos une irremediablemente a él.
La muerte no es una “cosa en sí”, no es un concepto, no se comprende, se aprende. La muerte no es una cordillera, ni siquiera una montaña, son las piedritas, las hebras, las motas, que en su aparición fragmentaria, acaban por darle un color distinto a la vida de Lewis. Si la muerte fuese un concepto que se vive como total, indistinto y estanco, sería una nube que se cierne sobre ciertos momentos de la vida, un malestar que va y viene, un recuerdo que se puede enterrar. Pero la muerte de H., para Lewis, es una montonera de sensaciones, de hilos que faltan, de detalles que ya no son los mismos y así es cómo se va emborronando la vida de Lewis, que ya nunca es la misma.
Lewis está ahora más solo que si nunca hubiera estado acompañado. Al faltarle los límites que supone limarse las aristas a diario con una persona al lado, Lewis tiene que conocerse otra vez, tiene que asumir que la muerte no es la separación total, sino un estado de no unión y no separación. El amor que evoca Lewis no es la unión perfecta de dos seres, el amor platónico que nos vuelve a nuestro estado primigenio de presunta felicidad. El amor de Lewis y H. era el amor que vive en la tensa línea que une separando, precisamente porque ella era “tan palmariamente ella y no yo”. Esa sensación cristalina de ser a base de verse en otro, es lo que le va faltando a Lewis. Por eso está más solo que nunca, porque ahora no sabe hasta dónde se extiende su propio ser. Ya no hay hitos, ya no hay límites, ya no hay aristas, la vida se sugiere como una nube continua, sin tiempo, “una vacía continuidad”.
Y sin embargo, Lewis sigue buceando en su propio sentimiento, intentando encontrarle un cauce, intentando volver a la vida a través de la muerte de H. Claro que se plantea si merece la pena vivir reconstruyendo los castillos asolados por esas fuerzas que no podemos controlar, si realmente merece la pena tener esperanza, si la esperanza conduce a algún lado, cuando, inesperadamente, la muerte la convierte en moneda sin valor. Claramente católico, ahora hasta Dios se le vuelve oscuro. Y sin embargo, sigue hurgando dentro, intentando diferenciar a Dios de su idea de Dios, trazando la distinción entre H. y el recuerdo de H., entre la pena de ayer y la de hoy. Y ese es el proceso brutal que va llenando las páginas de estos cuadernos, la necesidad de hacer algo más con la pena que “aguantarla”.
Son muchísimas las reflexiones que van sucediendo en el libro a base de ir tirando del hilo de los sentimientos enmarañados. El proceso de su tristeza ni siquiera es lineal, es un coro de gritos desmadejados, algunos de los cuales sí encuentran una melodía en que seguir siendo y otros, se quedan como notas descartadas, que no caben en esta pequeña sinfonía del dolor. Y sin embargo, en esta partitura de la inmensa tristeza, surge un Leitmotiv esperanzador, un deseo de integrar y transformar la pena, de no dejar a los muertos completamente muertos, enterrados y silentes, de acudir a ellos desde otra perspectiva, de sentirlos como algo más que vive en nosotros. “Cuanto menos la lloro, más cercana me parece sentirla”, dice Lewis. Y así, la sombra de H. se va transformando lentamente en algo que, quizás aún no es un rayo de sol, pero que, decididamente, quiere serlo.
domingo, 14 de febrero de 2010
Mensaje para la Cuaresma de S.S. Benedicto XVI
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Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2010. «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22)
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).
Justicia: “dare cuique suum”
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).
¿De dónde viene la injusticia?
El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?
Justicia y Sedaqad
En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?
Cristo, justicia de Dios
El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.
Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.
Vaticano, 30 de octubre de 2009
BENEDICTUS PP. XVI
Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2010. «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22)
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).
Justicia: “dare cuique suum”
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).
¿De dónde viene la injusticia?
El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?
Justicia y Sedaqad
En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?
Cristo, justicia de Dios
El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.
Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.
Vaticano, 30 de octubre de 2009
BENEDICTUS PP. XVI
jueves, 4 de febrero de 2010
El Capitán Ala Triste
El capitán Alatriste
Primera edición: Alfaguara, 1996
Páginas: 248
"No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente"... Con estas palabras empieza El capitán Alatriste, la historia de un soldado veterano de los tercios de Flandes que malvive como espadachín a sueldo en el Madrid del siglo XVII. Sus aventuras peligrosas y apasionantes nos sumergen sin aliento en las intrigas de la Corte de una España corrupta y en decadencia, las emboscadas en callejones oscuros entre el brillo de dos aceros, las tabernas donde Francisco de Quevedo compone sonetos entre pendencias y botellas de vino, o los corrales de comedias donde las representaciones de Lope de Vega terminan a cuchilladas. Todo ello de la mano de personajes entrañables o fascinantes: el joven Íñigo Balboa, el implacable inquisidor fray Emilio Bocanegra, el peligroso asesino Gualterio Malatesta, o el diabólico secretario del rey, Luis de Alquézar. Acción, historia y aventura se dan cita en estas páginas inolvidables. Si alguién no se anima a leer este hermoso libros, talvez le sirva lo siguiente:
Citas
* "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente".
o El capitán Alatriste (inicio de la novela).
* "En el tablero de la vida cada cual escaquea como puede"
o El capitán Alatriste, capítulo IV.
* "-No queda sino batirnos.
-¿Batirnos contra quién, don Francisco?
-Contra la estupidez, la maldad, la superstición, la envidia y la ignorancia [...] Que es como decir contra España, y contra todo." (Conversación entre don Francisco de Quevedo y el capitán Alatriste)
*
o El capitán Alatriste (Círculo de Lectores, Barcelona) pág. 64.
* "Pero nadie nace enseñado; y a menudo, cuando gozas de las debidas enseñanzas, es demasiado tarde para que estas sirvan a tu salud o a tu provecho".
o El capitán Alatriste, capítulo VII.
* "Era aquel sol un astro invisible, frío, calvinista y hereje, sin duda indigno de su nombre [...]"
o El Sol de Breda, capítulo I.
* “[…] Por eso nos batimos hasta el final con la crueldad de la antigua raza, el valor de quien nada espera de nadie, el fanatismo religioso y la insolencia que uno de nuestros capitanes, Don Diego de Acuña, expresó mejor que nadie en su famoso, apasionado y truculento brindis:
Por España; y el que quiera
defenderla honrado muera;
y el que traidor la abandone
no tenga quien le perdone,
ni en tierra santa cobijo,
ni una cruz en sus despojos,
ni las manos de un buen hijo
para cerrarle los ojos.
[…]
*
o El sol de Breda
* [...] Pues, desde siempre, ser lúcido y español aparejó gran amargura y poca esperanza [...]
o Limpieza de Sangre, Las aventuras del capitán Alatriste
O de lo que dijo el autor:
Arturo Pérez-Reverte
* "Alatriste era un mercenario, un asesino a sueldo, un personaje poco recomendable, pero tenía su ética, sus reglas del juego. Ahora, sería un proscrito, porque nadie entendería esas actitudes en un mundo como este donde palabras como dignidad, reputación, decencia, vergüenza torera y honradez se manipulan continuamente".
* "Esa tragedia de ser español, esa amargura, está reflejada en los libros de Alatriste. Cuando uno tiene memoria histórica de la de verdad, comprende que ser español no es fácil".
* ""Alatriste es más complejo. Dumas no quería mostrar la amargura de ser francés y yo sí he querido reflejar la amargura de ser español".
Venga a leer, hagamosle los honores a esta lengua de Cervantez que hablamos, a veces con poca dignidad.
Primera edición: Alfaguara, 1996
Páginas: 248
"No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente"... Con estas palabras empieza El capitán Alatriste, la historia de un soldado veterano de los tercios de Flandes que malvive como espadachín a sueldo en el Madrid del siglo XVII. Sus aventuras peligrosas y apasionantes nos sumergen sin aliento en las intrigas de la Corte de una España corrupta y en decadencia, las emboscadas en callejones oscuros entre el brillo de dos aceros, las tabernas donde Francisco de Quevedo compone sonetos entre pendencias y botellas de vino, o los corrales de comedias donde las representaciones de Lope de Vega terminan a cuchilladas. Todo ello de la mano de personajes entrañables o fascinantes: el joven Íñigo Balboa, el implacable inquisidor fray Emilio Bocanegra, el peligroso asesino Gualterio Malatesta, o el diabólico secretario del rey, Luis de Alquézar. Acción, historia y aventura se dan cita en estas páginas inolvidables. Si alguién no se anima a leer este hermoso libros, talvez le sirva lo siguiente:
Citas
* "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente".
o El capitán Alatriste (inicio de la novela).
* "En el tablero de la vida cada cual escaquea como puede"
o El capitán Alatriste, capítulo IV.
* "-No queda sino batirnos.
-¿Batirnos contra quién, don Francisco?
-Contra la estupidez, la maldad, la superstición, la envidia y la ignorancia [...] Que es como decir contra España, y contra todo." (Conversación entre don Francisco de Quevedo y el capitán Alatriste)
*
o El capitán Alatriste (Círculo de Lectores, Barcelona) pág. 64.
* "Pero nadie nace enseñado; y a menudo, cuando gozas de las debidas enseñanzas, es demasiado tarde para que estas sirvan a tu salud o a tu provecho".
o El capitán Alatriste, capítulo VII.
* "Era aquel sol un astro invisible, frío, calvinista y hereje, sin duda indigno de su nombre [...]"
o El Sol de Breda, capítulo I.
* “[…] Por eso nos batimos hasta el final con la crueldad de la antigua raza, el valor de quien nada espera de nadie, el fanatismo religioso y la insolencia que uno de nuestros capitanes, Don Diego de Acuña, expresó mejor que nadie en su famoso, apasionado y truculento brindis:
Por España; y el que quiera
defenderla honrado muera;
y el que traidor la abandone
no tenga quien le perdone,
ni en tierra santa cobijo,
ni una cruz en sus despojos,
ni las manos de un buen hijo
para cerrarle los ojos.
[…]
*
o El sol de Breda
* [...] Pues, desde siempre, ser lúcido y español aparejó gran amargura y poca esperanza [...]
o Limpieza de Sangre, Las aventuras del capitán Alatriste
O de lo que dijo el autor:
Arturo Pérez-Reverte
* "Alatriste era un mercenario, un asesino a sueldo, un personaje poco recomendable, pero tenía su ética, sus reglas del juego. Ahora, sería un proscrito, porque nadie entendería esas actitudes en un mundo como este donde palabras como dignidad, reputación, decencia, vergüenza torera y honradez se manipulan continuamente".
* "Esa tragedia de ser español, esa amargura, está reflejada en los libros de Alatriste. Cuando uno tiene memoria histórica de la de verdad, comprende que ser español no es fácil".
* ""Alatriste es más complejo. Dumas no quería mostrar la amargura de ser francés y yo sí he querido reflejar la amargura de ser español".
Venga a leer, hagamosle los honores a esta lengua de Cervantez que hablamos, a veces con poca dignidad.
martes, 2 de febrero de 2010
"Mis hermanos Fidel y Raúl, La Historia Secreta",
Libro publicado por Juanita Castro Ruz en donde relata sus vivencias en Cuba hasta su exilio en México en 1964. La historia está plasmada por la periodista mexicana María Antonieta Collins.
Narra en tono íntimo sus años de infancia en Cuba, rescata la memoria de sus padres y cuenta la verdad familiar de sus hermanos, nunca antes conocida con certeza por la propaganda comunista del régimen de Fidel Castro, así como el entusiasmo de esos primeros años de revolución y el posterior desencanto ante la realidad evidente de los hechos. También podemos atisbar brevemente, el dolor de la separación de su patria y su valiente denuncia.
Llama la atención el sentido íntimo del relato que con toda sencillez va desvelando secretos importantes guardados desde hace ya 45 años, como por ejemplo su colaboración con la CIA que le ha valido la atención de la prensa y del mismo Gobierno Cubano.
Muy recomendable su lectura.
Narra en tono íntimo sus años de infancia en Cuba, rescata la memoria de sus padres y cuenta la verdad familiar de sus hermanos, nunca antes conocida con certeza por la propaganda comunista del régimen de Fidel Castro, así como el entusiasmo de esos primeros años de revolución y el posterior desencanto ante la realidad evidente de los hechos. También podemos atisbar brevemente, el dolor de la separación de su patria y su valiente denuncia.
Llama la atención el sentido íntimo del relato que con toda sencillez va desvelando secretos importantes guardados desde hace ya 45 años, como por ejemplo su colaboración con la CIA que le ha valido la atención de la prensa y del mismo Gobierno Cubano.
Muy recomendable su lectura.
De Benedicto XVI
Benedicto XVI
Discurso a la asamblea diocesana de Roma
(Discurso de Benedicto XVI al inaugurar la asamblea diocesana de Roma sobre el tema «Jesús es el Señor. Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio». 11 de junio de 2007, basílica de San Juan de Letrán.)
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Queridos hermanos y hermanas:
Por tercer año consecutivo la asamblea de nuestra diócesis me brinda la posibilidad de encontrarme con vosotros y dirigirme a todos, abordando la temática que la Iglesia de Roma afrontará en el próximo año pastoral, en estrecha continuidad con el trabajo desarrollado en el año que se está concluyendo. Os saludo con afecto a cada uno de vosotros, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos que participáis con generosidad en la misión de la Iglesia. Agradezco en particular al cardenal vicario las palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros.
El tema de la asamblea es "Jesús es el Señor. Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio". Se trata de un tema que nos atañe a todos, porque cada discípulo confiesa que Jesús es el Señor y está llamado a crecer en la adhesión a él, dando y recibiendo ayuda de la gran compañía de los hermanos en la fe. Ahora bien, el verbo "educar", puesto en el título de la asamblea, implica una atención especial a los niños, a los muchachos y a los jóvenes, y pone de relieve la tarea que corresponde ante todo a la familia: así permanecemos dentro del itinerario que ha caracterizado durante los últimos años la pastoral de nuestra diócesis.
Es importante considerar ante todo la afirmación inicial, que da el tono y el sentido de nuestra asamblea: "Jesús es el Señor". Ya la encontramos en la solemne declaración con la que concluye el discurso de san Pedro en Pentecostés, donde el primero de los Apóstoles dijo: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2, 36). Es análoga la conclusión del gran himno a Cristo contenido en la carta de san Pablo a los Filipenses: "Toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 11). También san Pablo, en el saludo final de la primera carta a los Corintios, exclama: "El que no quiera al Señor, sea anatema. Marana tha, Ven, Señor" (1 Co 16, 22), transmitiéndonos así la antiquísima invocación, en lengua aramea, de Jesús como Señor.
Se podrían añadir otras citas: pienso en el capítulo 12 de la misma carta a los Corintios, donde san Pablo dice: "Nadie puede decir "Jesús es Señor" sino con el Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). Así declara que esta es la confesión fundamental de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo. Podríamos pensar también en el capítulo 10 de la carta a los Romanos, donde el Apóstol dice: "Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor..." (Rm 10, 9), recordando también a los cristianos de Roma que las palabras "Jesús es el Señor" constituyen la confesión común de la Iglesia, el fundamento seguro de toda la vida de la Iglesia. A partir de esas palabras se ha desarrollado toda la confesión del Credo apostólico, del Credo niceno. En otro pasaje de la primera carta a los Corintios san Pablo afirma también: "Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros" (1 Co 8, 5-6).
Así, desde el inicio, los discípulos reconocieron que Jesús resucitado es nuestro hermano en la humanidad y que también es totalmente uno con Dios; que con su venida al mundo, con toda su vida, con su muerte y su resurrección, nos trajo a Dios, hizo presente a Dios en el mundo de modo nuevo y único; y que, por tanto, da sentido y esperanza a nuestra vida: en él encontramos el verdadero rostro de Dios, que realmente necesitamos para vivir.
Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio quiere decir ayudar a nuestros hermanos, o mejor, ayudarnos mutuamente a entablar una relación viva con Cristo y con el Padre. Esta ha sido desde el inicio la tarea fundamental de la Iglesia, como comunidad de los creyentes, de los discípulos y de los amigos de Jesús. La Iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo, es la compañía fiable en la que hemos sido engendrados y educados para llegar a ser, en Cristo, hijos y herederos de Dios. En ella recibimos al Espíritu, "que nos hace exclamar: ¡ Abbá, Padre!" (cf. Rm 8, 14-17).
En la homilía de san Agustín hemos escuchado que Dios no está lejos, que se ha hecho "camino" y que el "camino" mismo vino a nosotros. Dice: "Levántate, perezoso, y comienza a caminar". Comenzar a caminar quiere decir emprender el "camino" que es Cristo mismo, en compañía de los creyentes; quiere decir caminar ayudándonos los unos a los otros a ser realmente amigos de Jesucristo e hijos de Dios.
Como nos enseña la experiencia diaria —lo sabemos todos—, educar en la fe hoy no es una empresa fácil. En realidad, hoy cualquier labor de educación parece cada vez más ardua y precaria. Por eso, se habla de una gran "emergencia educativa", de la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que existe tanto en la escuela como en la familia, y se puede decir que en todos los demás organismos que tienen finalidades educativas.
Podemos añadir que se trata de una emergencia inevitable: en una sociedad y en una cultura que con demasiada frecuencia tienen el relativismo como su propio credo —el relativismo se ha convertido en una especie de dogma—, falta la luz de la verdad, más aún, se considera peligroso hablar de verdad, se considera "autoritario", y se acaba por dudar de la bondad de la vida —¿es un bien ser hombre?, ¿es un bien vivir?— y de la validez de las relaciones y de los compromisos que constituyen la vida.
Entonces, ¿cómo proponer a los más jóvenes y transmitir de generación en generación algo válido y cierto, reglas de vida, un auténtico sentido y objetivos convincentes para la existencia humana, sea como personas sea como comunidades? Por eso, por lo general, la educación tiende a reducirse a la transmisión de determinadas habilidades o capacidades de hacer, mientras se busca satisfacer el deseo de felicidad de las nuevas generaciones colmándolas de objetos de consumo y de gratificaciones efímeras.
Así, tanto los padres como los profesores sienten fácilmente la tentación de abdicar de sus tareas educativas y de no comprender ya ni siquiera cuál es su papel, o mejor, la misión que les ha sido encomendada. Pero precisamente así no ofrecemos a los jóvenes, a las nuevas generaciones, lo que tenemos obligación de transmitirles. Con respecto a ellos somos deudores también de los verdaderos valores que dan fundamento a la vida.
Pero esta situación evidentemente no satisface, no puede satisfacer, porque deja de lado la finalidad esencial de la educación, que es la formación de la persona a fin de capacitarla para vivir con plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad. Por eso, en muchas partes se plantea la exigencia de una educación auténtica y el redescubrimiento de la necesidad de educadores que lo sean realmente. Lo reclaman los padres, preocupados y a menudo angustiados por el futuro de sus hijos; lo reclaman tantos profesores que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; lo reclama la sociedad en su conjunto, en Italia y en muchas otras naciones, porque ve cómo a causa de la crisis de la educación se ponen en peligro las bases mismas de la convivencia.
En ese contexto, el compromiso de la Iglesia de educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio del Señor Jesús asume, más que nunca, también el valor de una contribución para hacer que la sociedad en que vivimos salga de la crisis educativa que la aflige, poniendo un dique a la desconfianza y al extraño "odio de sí misma" que parece haberse convertido en una característica de nuestra civilización.
Ahora bien, todo esto no disminuye la dificultad que encontramos para llevar a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes a encontrarse con Cristo y a entablar con él una relación duradera y profunda. Sin embargo, precisamente este es el desafío decisivo para el futuro de la fe, de la Iglesia y del cristianismo, y por tanto es una prioridad esencial de nuestro trabajo pastoral: acercar a Cristo y al Padre a la nueva generación, que vive en un mundo en gran parte alejado de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, debemos ser siempre conscientes de que no podemos realizar esa obra con nuestras fuerzas, sino sólo con el poder del Espíritu Santo. Son necesarias la luz y la gracia que proceden de Dios y actúan en lo más íntimo de los corazones y de las conciencias. Así pues, para la educación y la formación cristiana son decisivas ante todo la oración y nuestra amistad personal con Jesús, pues sólo quien conoce y ama a Jesucristo puede introducir a sus hermanos en una relación vital con él.
Impulsado precisamente por esta necesidad pensé: sería útil escribir un libro que ayude a conocer a Jesús. No olvidemos nunca las palabras de Jesús: "A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 15-16). Por eso, nuestras comunidades sólo podrán trabajar con fruto y educar en la fe y en el seguimiento de Cristo si son ellas mismas auténticas "escuelas" de oración (cf. Novo millennio ineunte, 33), en las que se viva el primado de Dios.
Además, la educación, y especialmente la educación cristiana, es decir, la educación para forjar la propia vida según el modelo de Dios, que es amor (cf. 1 Jn 4, 8. 16), necesita la cercanía propia del amor. Sobre todo hoy, cuando el aislamiento y la soledad son una condición generalizada, a la que en realidad no ponen remedio el ruido y el conformismo de grupo, resulta decisivo el acompañamiento personal, que da a quien crece la certeza de ser amado, comprendido y acogido.
En concreto, este acompañamiento debe llevar a palpar que nuestra fe no es algo del pasado, sino que puede vivirse hoy y que viviéndola encontramos realmente nuestro bien. Así, a los muchachos y los jóvenes se les puede ayudar a librarse de prejuicios generalizados y a darse cuenta de que el modo cristiano de vivir es realizable y razonable, más aún, el más razonable, con mucho.
Toda la comunidad cristiana, en sus múltiples articulaciones y componentes, está llamada a cumplir la gran tarea de llevar a las nuevas generaciones al encuentro con Cristo; por tanto, en este ámbito debe expresarse y manifestarse con particular evidencia nuestra comunión con el Señor y entre nosotros, nuestra disponibilidad y voluntad de trabajar juntos, de "formar una red", de colaborar todos con espíritu abierto y sincero, comenzando por la valiosa contribución de las mujeres y los hombres que han consagrado su vida a la adoración de Dios y a la intercesión por los hermanos.
Sin embargo, es evidente que, en la educación y en la formación en la fe, a la familia compete una misión propia y fundamental y una responsabilidad primaria. En efecto, el niño que se asoma a la vida hace a través de sus padres la primera y decisiva experiencia del amor, de un amor que en realidad no es sólo humano, sino también un reflejo del amor que Dios siente por él. Por eso, entre la familia cristiana, pequeña "iglesia doméstica" (cf. Lumen gentium, 11), y la gran familia de la Iglesia debe desarrollarse la colaboración más estrecha, ante todo en lo que atañe a la educación de los hijos.
Así pues, todo lo realizado a lo largo de los tres años que nuestra pastoral diocesana ha dedicado específicamente a la familia, no sólo se ha de considerar como un fruto, sino que se ha de incrementar ulteriormente. Por ejemplo, los intentos de implicar más a los padres e incluso a los padrinos y madrinas antes y después del bautismo, para ayudarles a entender y a cumplir su misión de educadores de la fe, ya han dado resultados apreciables, y es preciso proseguirlos, convirtiéndolos en patrimonio común de cada parroquia. Lo mismo vale para la participación de las familias en la catequesis y en todo el itinerario de iniciación cristiana de los niños y los adolescentes.
Desde luego, son muchas las familias que no están preparadas para cumplir esa tarea; y algunas parecen poco interesadas en la educación cristiana de sus hijos, o incluso son contrarias a ella: aquí se notan también las consecuencias de la crisis de tantos matrimonios. Con todo, raramente se encuentran padres totalmente indiferentes con respecto a la formación humana y moral de sus hijos, y, por tanto, no dispuestos a dejarse ayudar en una labor educativa que consideran cada vez más difícil.
Por consiguiente, se abre un espacio de compromiso y de servicio para nuestras parroquias, oratorios, grupos juveniles y, ante todo, para las mismas familias cristianas, llamadas a hacerse prójimo de otras familias a fin de sostenerlas y asistirlas en la educación de los hijos, ayudándoles así a recuperar el sentido y la finalidad de la vida de matrimonio. Pasemos ahora a otros sujetos de la educación en la fe.
A medida que los muchachos crecen, aumenta naturalmente en ellos el deseo de autonomía personal, que fácilmente, sobre todo en la adolescencia, se transforma en un alejamiento crítico de la propia familia. Entonces resulta especialmente importante la cercanía que pueden garantizar el sacerdote, la religiosa, el catequista u otros educadores capaces de hacer concreto para el joven el rostro amigo de la Iglesia y el amor de Cristo.
Para que produzca efectos positivos duraderos, nuestra cercanía debe ser consciente de que la relación educativa es un encuentro de libertades y que la misma educación cristiana es formación en la auténtica libertad. De hecho, no hay verdadera propuesta educativa que no conduzca, de modo respetuoso y amoroso, a una decisión, y precisamente la propuesta cristiana interpela a fondo la libertad, invitándola a la fe y a la conversión.
Como afirmé en la Asamblea eclesial de Verona, "una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy se consideran un vínculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en toda su belleza; por consiguiente, para dar consistencia y significado a nuestra libertad" (Discurso del 19 de octubre de 2006: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de octubre de 2006, p. 10).
Los adolescentes y los jóvenes, cuando se sienten respetados y tomados en serio en su libertad, a pesar de su inconstancia y fragilidad, se muestran dispuestos a dejarse interpelar por propuestas exigentes; más aún, se sienten atraídos y a menudo fascinados por ellas. También quieren mostrar su generosidad en la entrega a los grandes valores perennes, que constituyen el fundamento de la vida.
El auténtico educador también toma en serio la curiosidad intelectual que existe ya en los niños y con el paso de los años asume formas más conscientes. Con todo, el joven de hoy, estimulado y a menudo confundido por la multiplicidad de informaciones y por el contraste de ideas y de interpretaciones que se le proponen continuamente, conserva dentro de sí una gran necesidad de verdad; por tanto, está abierto a Jesucristo, que, como nos recuerda Tertuliano (De virginibus velandis, I, 1), "afirmó que es la verdad, no la costumbre".
Debemos esforzarnos por responder a la demanda de verdad poniendo sin miedo la propuesta de la fe en confrontación con la razón de nuestro tiempo. Así ayudaremos a los jóvenes a ensanchar los horizontes de su inteligencia, abriéndose al misterio de Dios, en el cual se encuentra el sentido y la dirección de nuestra existencia, y superando los condicionamientos de una racionalidad que sólo se fía de lo que puede ser objeto de experimento y de cálculo. Por tanto, es muy importante desarrollar lo que ya el año pasado llamamos la "pastoral de la inteligencia".
La labor educativa implica la libertad, pero también necesita autoridad. Por eso, especialmente cuando se trata de educar en la fe, es central la figura del testigo y el papel del testimonio. El testigo de Cristo no transmite sólo informaciones, sino que está comprometido personalmente con la verdad que propone, y con la coherencia de su vida resulta punto de referencia digno de confianza. Pero no remite a sí mismo, sino a Alguien que es infinitamente más grande que él, en quien ha puesto su confianza y cuya bondad fiable ha experimentado.
Por consiguiente, el auténtico educador cristiano es un testigo cuyo modelo es Jesucristo, el testigo del Padre que no decía nada de sí mismo, sino que hablaba tal como el Padre le había enseñado (cf. Jn 8, 28). Esta relación con Cristo y con el Padre es para cada uno de nosotros, queridos hermanos y hermanas, la condición fundamental para ser educadores eficaces en la fe.
Acertadamente, nuestra asamblea habla de educación no sólo en la fe y en el seguimiento, sino también en el testimonio del Señor Jesús. Por tanto, el testimonio activo de Cristo que se debe dar no sólo atañe a los sacerdotes, a las religiosas y a los laicos que en nuestras comunidades desempeñan tareas educativas, sino también a los mismos muchachos y jóvenes, y a todos los que son educados en la fe.
La conciencia de estar llamados a ser testigos de Cristo no es, por tanto, algo que se añade después, una consecuencia de algún modo externa a la formación cristiana, como por desgracia se ha pensado a menudo y también hoy se sigue pensando, sino, al contrario, es una dimensión intrínseca y esencial de la educación en la fe y en el seguimiento, del mismo modo que la Iglesia es misionera por su misma naturaleza (cf. Ad gentes, 2).
Así pues, desde el inicio de la formación de los niños, para llegar, con un itinerario progresivo, a la formación permanente de los cristianos adultos, es necesario que arraiguen en el alma de los creyentes la voluntad y la convicción de que participan en la vocación misionera de la Iglesia, en todas las situaciones y circunstancias de su vida. No podemos guardar para nosotros la alegría de la fe; debemos difundirla y transmitirla, fortaleciéndola así en nuestro corazón.
Si la fe se transforma realmente en alegría por haber encontrado la verdad y el amor, es inevitable sentir el deseo de transmitirla, de comunicarla a los demás. Por aquí pasa, en gran medida, la nueva evangelización a la que nos llamó nuestro amado Papa Juan Pablo II. Una experiencia concreta, que podrá hacer crecer en los jóvenes de las parroquias y de las diversas asociaciones eclesiales la voluntad de testimoniar su fe, es la "Misión de los jóvenes" que estáis proyectando, después del feliz resultado de la gran "Misión ciudadana".
A la escuela católica corresponde una tarea muy importante en la educación en la fe. En efecto, cumple su misión basándose en un proyecto educativo que pone en el centro el Evangelio y lo tiene como punto de referencia decisivo para la formación de la persona y para toda la propuesta cultural. Por tanto, la escuela católica, en convencida colaboración con las familias y con la comunidad eclesial, trata de promover la unidad entre la fe, la cultura y la vida, que es objetivo fundamental de la educación cristiana.
También las escuelas del Estado, de formas y modos diversos, pueden ser sostenidas en su tarea educativa por la presencia de profesores creyentes —en primer lugar, pero no exclusivamente, los profesores de religión católica— y de alumnos cristianamente formados, así como por la colaboración de muchas familias y por la misma comunidad cristiana.
La sana laicidad de la escuela, como de las demás instituciones del Estado, no implica cerrarse a la Trascendencia y mantener una falsa neutralidad respecto de los valores morales que están en la base de una auténtica formación de la persona. Lo mismo se puede decir, naturalmente, de las universidades; y es un signo positivo que en Roma la pastoral universitaria haya podido desarrollarse en todos los ateneos, tanto entre los profesores como entre los alumnos, y se esté llevando a cabo una fecunda colaboración entre las instituciones académicas civiles y pontificias.
Hoy, más que en el pasado, la educación y la formación de la persona sufren la influencia de los mensajes y del clima generalizado que transmiten los grandes medios de comunicación y que se inspiran en una mentalidad y cultura caracterizadas por el relativismo, el consumismo y una falsa y destructora exaltación, o mejor, profanación del cuerpo y de la sexualidad. Por eso, precisamente por el gran "sí" que como creyentes en Cristo decimos al hombre amado por Dios, no podemos desinteresarnos de la orientación conjunta de la sociedad a la que pertenecemos, de las tendencias que la impulsan y de las influencias positivas o negativas que ejerce en la formación de las nuevas generaciones.
La presencia misma de la comunidad de los creyentes, su compromiso educativo y cultural, el mensaje de fe, de confianza y de amor que transmite, son en realidad un servicio inestimable al bien común y especialmente a los muchachos y jóvenes que se están formando y preparando para la vida.
Queridos hermanos y hermanas, hay un último punto sobre el que quiero atraer vuestra atención: es sumamente importante para la misión de la Iglesia y exige nuestro compromiso y ante todo nuestra oración. Me refiero a las vocaciones a seguir más de cerca al Señor Jesús en el sacerdocio ministerial y en la vida consagrada. En los últimos decenios la diócesis de Roma ha recibido el don de muchas ordenaciones sacerdotales, que han permitido colmar las lagunas del período anterior y también salir al encuentro de las solicitudes de no pocas Iglesias hermanas necesitadas de clero; pero las señales más recientes parecen menos favorables y estimulan a toda nuestra comunidad diocesana a seguir pidiendo al Señor, con humildad y confianza, obreros para su mies (cf. Mt 9, 37-38, Lc 10, 2).
De manera siempre delicada y respetuosa, pero también clara y valiente, debemos dirigir una peculiar invitación al seguimiento de Jesús a los chicos y chicas que parecen más atraídos y fascinados por la amistad con él. Desde esta perspectiva, la diócesis destinará a algunos nuevos sacerdotes específicamente al servicio de las vocaciones, pero sabemos bien que en este campo son decisivas la oración y la calidad del conjunto de nuestro testimonio cristiano, el ejemplo de vida de los sacerdotes y de las almas consagradas, y la generosidad de las personas llamadas y de las familias de las que proceden.
Queridos hermanos y hermanas, os dejo estas reflexiones como contribución para el diálogo de estas tardes y para el trabajo del próximo año pastoral. Que el Señor nos conceda siempre la alegría de creer en él, de crecer en su amistad, de seguirlo en el camino de la vida y de dar testimonio de él en todas las situaciones, de forma que podamos transmitir a quienes vengan después de nosotros la inmensa riqueza y belleza de la fe en Jesucristo. Mi afecto y mi bendición os acompañan en vuestro trabajo. Gracias por vuestra atención.
Discurso a la asamblea diocesana de Roma
(Discurso de Benedicto XVI al inaugurar la asamblea diocesana de Roma sobre el tema «Jesús es el Señor. Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio». 11 de junio de 2007, basílica de San Juan de Letrán.)
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Queridos hermanos y hermanas:
Por tercer año consecutivo la asamblea de nuestra diócesis me brinda la posibilidad de encontrarme con vosotros y dirigirme a todos, abordando la temática que la Iglesia de Roma afrontará en el próximo año pastoral, en estrecha continuidad con el trabajo desarrollado en el año que se está concluyendo. Os saludo con afecto a cada uno de vosotros, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos que participáis con generosidad en la misión de la Iglesia. Agradezco en particular al cardenal vicario las palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros.
El tema de la asamblea es "Jesús es el Señor. Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio". Se trata de un tema que nos atañe a todos, porque cada discípulo confiesa que Jesús es el Señor y está llamado a crecer en la adhesión a él, dando y recibiendo ayuda de la gran compañía de los hermanos en la fe. Ahora bien, el verbo "educar", puesto en el título de la asamblea, implica una atención especial a los niños, a los muchachos y a los jóvenes, y pone de relieve la tarea que corresponde ante todo a la familia: así permanecemos dentro del itinerario que ha caracterizado durante los últimos años la pastoral de nuestra diócesis.
Es importante considerar ante todo la afirmación inicial, que da el tono y el sentido de nuestra asamblea: "Jesús es el Señor". Ya la encontramos en la solemne declaración con la que concluye el discurso de san Pedro en Pentecostés, donde el primero de los Apóstoles dijo: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2, 36). Es análoga la conclusión del gran himno a Cristo contenido en la carta de san Pablo a los Filipenses: "Toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 11). También san Pablo, en el saludo final de la primera carta a los Corintios, exclama: "El que no quiera al Señor, sea anatema. Marana tha, Ven, Señor" (1 Co 16, 22), transmitiéndonos así la antiquísima invocación, en lengua aramea, de Jesús como Señor.
Se podrían añadir otras citas: pienso en el capítulo 12 de la misma carta a los Corintios, donde san Pablo dice: "Nadie puede decir "Jesús es Señor" sino con el Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). Así declara que esta es la confesión fundamental de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo. Podríamos pensar también en el capítulo 10 de la carta a los Romanos, donde el Apóstol dice: "Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor..." (Rm 10, 9), recordando también a los cristianos de Roma que las palabras "Jesús es el Señor" constituyen la confesión común de la Iglesia, el fundamento seguro de toda la vida de la Iglesia. A partir de esas palabras se ha desarrollado toda la confesión del Credo apostólico, del Credo niceno. En otro pasaje de la primera carta a los Corintios san Pablo afirma también: "Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros" (1 Co 8, 5-6).
Así, desde el inicio, los discípulos reconocieron que Jesús resucitado es nuestro hermano en la humanidad y que también es totalmente uno con Dios; que con su venida al mundo, con toda su vida, con su muerte y su resurrección, nos trajo a Dios, hizo presente a Dios en el mundo de modo nuevo y único; y que, por tanto, da sentido y esperanza a nuestra vida: en él encontramos el verdadero rostro de Dios, que realmente necesitamos para vivir.
Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio quiere decir ayudar a nuestros hermanos, o mejor, ayudarnos mutuamente a entablar una relación viva con Cristo y con el Padre. Esta ha sido desde el inicio la tarea fundamental de la Iglesia, como comunidad de los creyentes, de los discípulos y de los amigos de Jesús. La Iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo, es la compañía fiable en la que hemos sido engendrados y educados para llegar a ser, en Cristo, hijos y herederos de Dios. En ella recibimos al Espíritu, "que nos hace exclamar: ¡ Abbá, Padre!" (cf. Rm 8, 14-17).
En la homilía de san Agustín hemos escuchado que Dios no está lejos, que se ha hecho "camino" y que el "camino" mismo vino a nosotros. Dice: "Levántate, perezoso, y comienza a caminar". Comenzar a caminar quiere decir emprender el "camino" que es Cristo mismo, en compañía de los creyentes; quiere decir caminar ayudándonos los unos a los otros a ser realmente amigos de Jesucristo e hijos de Dios.
Como nos enseña la experiencia diaria —lo sabemos todos—, educar en la fe hoy no es una empresa fácil. En realidad, hoy cualquier labor de educación parece cada vez más ardua y precaria. Por eso, se habla de una gran "emergencia educativa", de la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que existe tanto en la escuela como en la familia, y se puede decir que en todos los demás organismos que tienen finalidades educativas.
Podemos añadir que se trata de una emergencia inevitable: en una sociedad y en una cultura que con demasiada frecuencia tienen el relativismo como su propio credo —el relativismo se ha convertido en una especie de dogma—, falta la luz de la verdad, más aún, se considera peligroso hablar de verdad, se considera "autoritario", y se acaba por dudar de la bondad de la vida —¿es un bien ser hombre?, ¿es un bien vivir?— y de la validez de las relaciones y de los compromisos que constituyen la vida.
Entonces, ¿cómo proponer a los más jóvenes y transmitir de generación en generación algo válido y cierto, reglas de vida, un auténtico sentido y objetivos convincentes para la existencia humana, sea como personas sea como comunidades? Por eso, por lo general, la educación tiende a reducirse a la transmisión de determinadas habilidades o capacidades de hacer, mientras se busca satisfacer el deseo de felicidad de las nuevas generaciones colmándolas de objetos de consumo y de gratificaciones efímeras.
Así, tanto los padres como los profesores sienten fácilmente la tentación de abdicar de sus tareas educativas y de no comprender ya ni siquiera cuál es su papel, o mejor, la misión que les ha sido encomendada. Pero precisamente así no ofrecemos a los jóvenes, a las nuevas generaciones, lo que tenemos obligación de transmitirles. Con respecto a ellos somos deudores también de los verdaderos valores que dan fundamento a la vida.
Pero esta situación evidentemente no satisface, no puede satisfacer, porque deja de lado la finalidad esencial de la educación, que es la formación de la persona a fin de capacitarla para vivir con plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad. Por eso, en muchas partes se plantea la exigencia de una educación auténtica y el redescubrimiento de la necesidad de educadores que lo sean realmente. Lo reclaman los padres, preocupados y a menudo angustiados por el futuro de sus hijos; lo reclaman tantos profesores que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; lo reclama la sociedad en su conjunto, en Italia y en muchas otras naciones, porque ve cómo a causa de la crisis de la educación se ponen en peligro las bases mismas de la convivencia.
En ese contexto, el compromiso de la Iglesia de educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio del Señor Jesús asume, más que nunca, también el valor de una contribución para hacer que la sociedad en que vivimos salga de la crisis educativa que la aflige, poniendo un dique a la desconfianza y al extraño "odio de sí misma" que parece haberse convertido en una característica de nuestra civilización.
Ahora bien, todo esto no disminuye la dificultad que encontramos para llevar a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes a encontrarse con Cristo y a entablar con él una relación duradera y profunda. Sin embargo, precisamente este es el desafío decisivo para el futuro de la fe, de la Iglesia y del cristianismo, y por tanto es una prioridad esencial de nuestro trabajo pastoral: acercar a Cristo y al Padre a la nueva generación, que vive en un mundo en gran parte alejado de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, debemos ser siempre conscientes de que no podemos realizar esa obra con nuestras fuerzas, sino sólo con el poder del Espíritu Santo. Son necesarias la luz y la gracia que proceden de Dios y actúan en lo más íntimo de los corazones y de las conciencias. Así pues, para la educación y la formación cristiana son decisivas ante todo la oración y nuestra amistad personal con Jesús, pues sólo quien conoce y ama a Jesucristo puede introducir a sus hermanos en una relación vital con él.
Impulsado precisamente por esta necesidad pensé: sería útil escribir un libro que ayude a conocer a Jesús. No olvidemos nunca las palabras de Jesús: "A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 15-16). Por eso, nuestras comunidades sólo podrán trabajar con fruto y educar en la fe y en el seguimiento de Cristo si son ellas mismas auténticas "escuelas" de oración (cf. Novo millennio ineunte, 33), en las que se viva el primado de Dios.
Además, la educación, y especialmente la educación cristiana, es decir, la educación para forjar la propia vida según el modelo de Dios, que es amor (cf. 1 Jn 4, 8. 16), necesita la cercanía propia del amor. Sobre todo hoy, cuando el aislamiento y la soledad son una condición generalizada, a la que en realidad no ponen remedio el ruido y el conformismo de grupo, resulta decisivo el acompañamiento personal, que da a quien crece la certeza de ser amado, comprendido y acogido.
En concreto, este acompañamiento debe llevar a palpar que nuestra fe no es algo del pasado, sino que puede vivirse hoy y que viviéndola encontramos realmente nuestro bien. Así, a los muchachos y los jóvenes se les puede ayudar a librarse de prejuicios generalizados y a darse cuenta de que el modo cristiano de vivir es realizable y razonable, más aún, el más razonable, con mucho.
Toda la comunidad cristiana, en sus múltiples articulaciones y componentes, está llamada a cumplir la gran tarea de llevar a las nuevas generaciones al encuentro con Cristo; por tanto, en este ámbito debe expresarse y manifestarse con particular evidencia nuestra comunión con el Señor y entre nosotros, nuestra disponibilidad y voluntad de trabajar juntos, de "formar una red", de colaborar todos con espíritu abierto y sincero, comenzando por la valiosa contribución de las mujeres y los hombres que han consagrado su vida a la adoración de Dios y a la intercesión por los hermanos.
Sin embargo, es evidente que, en la educación y en la formación en la fe, a la familia compete una misión propia y fundamental y una responsabilidad primaria. En efecto, el niño que se asoma a la vida hace a través de sus padres la primera y decisiva experiencia del amor, de un amor que en realidad no es sólo humano, sino también un reflejo del amor que Dios siente por él. Por eso, entre la familia cristiana, pequeña "iglesia doméstica" (cf. Lumen gentium, 11), y la gran familia de la Iglesia debe desarrollarse la colaboración más estrecha, ante todo en lo que atañe a la educación de los hijos.
Así pues, todo lo realizado a lo largo de los tres años que nuestra pastoral diocesana ha dedicado específicamente a la familia, no sólo se ha de considerar como un fruto, sino que se ha de incrementar ulteriormente. Por ejemplo, los intentos de implicar más a los padres e incluso a los padrinos y madrinas antes y después del bautismo, para ayudarles a entender y a cumplir su misión de educadores de la fe, ya han dado resultados apreciables, y es preciso proseguirlos, convirtiéndolos en patrimonio común de cada parroquia. Lo mismo vale para la participación de las familias en la catequesis y en todo el itinerario de iniciación cristiana de los niños y los adolescentes.
Desde luego, son muchas las familias que no están preparadas para cumplir esa tarea; y algunas parecen poco interesadas en la educación cristiana de sus hijos, o incluso son contrarias a ella: aquí se notan también las consecuencias de la crisis de tantos matrimonios. Con todo, raramente se encuentran padres totalmente indiferentes con respecto a la formación humana y moral de sus hijos, y, por tanto, no dispuestos a dejarse ayudar en una labor educativa que consideran cada vez más difícil.
Por consiguiente, se abre un espacio de compromiso y de servicio para nuestras parroquias, oratorios, grupos juveniles y, ante todo, para las mismas familias cristianas, llamadas a hacerse prójimo de otras familias a fin de sostenerlas y asistirlas en la educación de los hijos, ayudándoles así a recuperar el sentido y la finalidad de la vida de matrimonio. Pasemos ahora a otros sujetos de la educación en la fe.
A medida que los muchachos crecen, aumenta naturalmente en ellos el deseo de autonomía personal, que fácilmente, sobre todo en la adolescencia, se transforma en un alejamiento crítico de la propia familia. Entonces resulta especialmente importante la cercanía que pueden garantizar el sacerdote, la religiosa, el catequista u otros educadores capaces de hacer concreto para el joven el rostro amigo de la Iglesia y el amor de Cristo.
Para que produzca efectos positivos duraderos, nuestra cercanía debe ser consciente de que la relación educativa es un encuentro de libertades y que la misma educación cristiana es formación en la auténtica libertad. De hecho, no hay verdadera propuesta educativa que no conduzca, de modo respetuoso y amoroso, a una decisión, y precisamente la propuesta cristiana interpela a fondo la libertad, invitándola a la fe y a la conversión.
Como afirmé en la Asamblea eclesial de Verona, "una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy se consideran un vínculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en toda su belleza; por consiguiente, para dar consistencia y significado a nuestra libertad" (Discurso del 19 de octubre de 2006: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de octubre de 2006, p. 10).
Los adolescentes y los jóvenes, cuando se sienten respetados y tomados en serio en su libertad, a pesar de su inconstancia y fragilidad, se muestran dispuestos a dejarse interpelar por propuestas exigentes; más aún, se sienten atraídos y a menudo fascinados por ellas. También quieren mostrar su generosidad en la entrega a los grandes valores perennes, que constituyen el fundamento de la vida.
El auténtico educador también toma en serio la curiosidad intelectual que existe ya en los niños y con el paso de los años asume formas más conscientes. Con todo, el joven de hoy, estimulado y a menudo confundido por la multiplicidad de informaciones y por el contraste de ideas y de interpretaciones que se le proponen continuamente, conserva dentro de sí una gran necesidad de verdad; por tanto, está abierto a Jesucristo, que, como nos recuerda Tertuliano (De virginibus velandis, I, 1), "afirmó que es la verdad, no la costumbre".
Debemos esforzarnos por responder a la demanda de verdad poniendo sin miedo la propuesta de la fe en confrontación con la razón de nuestro tiempo. Así ayudaremos a los jóvenes a ensanchar los horizontes de su inteligencia, abriéndose al misterio de Dios, en el cual se encuentra el sentido y la dirección de nuestra existencia, y superando los condicionamientos de una racionalidad que sólo se fía de lo que puede ser objeto de experimento y de cálculo. Por tanto, es muy importante desarrollar lo que ya el año pasado llamamos la "pastoral de la inteligencia".
La labor educativa implica la libertad, pero también necesita autoridad. Por eso, especialmente cuando se trata de educar en la fe, es central la figura del testigo y el papel del testimonio. El testigo de Cristo no transmite sólo informaciones, sino que está comprometido personalmente con la verdad que propone, y con la coherencia de su vida resulta punto de referencia digno de confianza. Pero no remite a sí mismo, sino a Alguien que es infinitamente más grande que él, en quien ha puesto su confianza y cuya bondad fiable ha experimentado.
Por consiguiente, el auténtico educador cristiano es un testigo cuyo modelo es Jesucristo, el testigo del Padre que no decía nada de sí mismo, sino que hablaba tal como el Padre le había enseñado (cf. Jn 8, 28). Esta relación con Cristo y con el Padre es para cada uno de nosotros, queridos hermanos y hermanas, la condición fundamental para ser educadores eficaces en la fe.
Acertadamente, nuestra asamblea habla de educación no sólo en la fe y en el seguimiento, sino también en el testimonio del Señor Jesús. Por tanto, el testimonio activo de Cristo que se debe dar no sólo atañe a los sacerdotes, a las religiosas y a los laicos que en nuestras comunidades desempeñan tareas educativas, sino también a los mismos muchachos y jóvenes, y a todos los que son educados en la fe.
La conciencia de estar llamados a ser testigos de Cristo no es, por tanto, algo que se añade después, una consecuencia de algún modo externa a la formación cristiana, como por desgracia se ha pensado a menudo y también hoy se sigue pensando, sino, al contrario, es una dimensión intrínseca y esencial de la educación en la fe y en el seguimiento, del mismo modo que la Iglesia es misionera por su misma naturaleza (cf. Ad gentes, 2).
Así pues, desde el inicio de la formación de los niños, para llegar, con un itinerario progresivo, a la formación permanente de los cristianos adultos, es necesario que arraiguen en el alma de los creyentes la voluntad y la convicción de que participan en la vocación misionera de la Iglesia, en todas las situaciones y circunstancias de su vida. No podemos guardar para nosotros la alegría de la fe; debemos difundirla y transmitirla, fortaleciéndola así en nuestro corazón.
Si la fe se transforma realmente en alegría por haber encontrado la verdad y el amor, es inevitable sentir el deseo de transmitirla, de comunicarla a los demás. Por aquí pasa, en gran medida, la nueva evangelización a la que nos llamó nuestro amado Papa Juan Pablo II. Una experiencia concreta, que podrá hacer crecer en los jóvenes de las parroquias y de las diversas asociaciones eclesiales la voluntad de testimoniar su fe, es la "Misión de los jóvenes" que estáis proyectando, después del feliz resultado de la gran "Misión ciudadana".
A la escuela católica corresponde una tarea muy importante en la educación en la fe. En efecto, cumple su misión basándose en un proyecto educativo que pone en el centro el Evangelio y lo tiene como punto de referencia decisivo para la formación de la persona y para toda la propuesta cultural. Por tanto, la escuela católica, en convencida colaboración con las familias y con la comunidad eclesial, trata de promover la unidad entre la fe, la cultura y la vida, que es objetivo fundamental de la educación cristiana.
También las escuelas del Estado, de formas y modos diversos, pueden ser sostenidas en su tarea educativa por la presencia de profesores creyentes —en primer lugar, pero no exclusivamente, los profesores de religión católica— y de alumnos cristianamente formados, así como por la colaboración de muchas familias y por la misma comunidad cristiana.
La sana laicidad de la escuela, como de las demás instituciones del Estado, no implica cerrarse a la Trascendencia y mantener una falsa neutralidad respecto de los valores morales que están en la base de una auténtica formación de la persona. Lo mismo se puede decir, naturalmente, de las universidades; y es un signo positivo que en Roma la pastoral universitaria haya podido desarrollarse en todos los ateneos, tanto entre los profesores como entre los alumnos, y se esté llevando a cabo una fecunda colaboración entre las instituciones académicas civiles y pontificias.
Hoy, más que en el pasado, la educación y la formación de la persona sufren la influencia de los mensajes y del clima generalizado que transmiten los grandes medios de comunicación y que se inspiran en una mentalidad y cultura caracterizadas por el relativismo, el consumismo y una falsa y destructora exaltación, o mejor, profanación del cuerpo y de la sexualidad. Por eso, precisamente por el gran "sí" que como creyentes en Cristo decimos al hombre amado por Dios, no podemos desinteresarnos de la orientación conjunta de la sociedad a la que pertenecemos, de las tendencias que la impulsan y de las influencias positivas o negativas que ejerce en la formación de las nuevas generaciones.
La presencia misma de la comunidad de los creyentes, su compromiso educativo y cultural, el mensaje de fe, de confianza y de amor que transmite, son en realidad un servicio inestimable al bien común y especialmente a los muchachos y jóvenes que se están formando y preparando para la vida.
Queridos hermanos y hermanas, hay un último punto sobre el que quiero atraer vuestra atención: es sumamente importante para la misión de la Iglesia y exige nuestro compromiso y ante todo nuestra oración. Me refiero a las vocaciones a seguir más de cerca al Señor Jesús en el sacerdocio ministerial y en la vida consagrada. En los últimos decenios la diócesis de Roma ha recibido el don de muchas ordenaciones sacerdotales, que han permitido colmar las lagunas del período anterior y también salir al encuentro de las solicitudes de no pocas Iglesias hermanas necesitadas de clero; pero las señales más recientes parecen menos favorables y estimulan a toda nuestra comunidad diocesana a seguir pidiendo al Señor, con humildad y confianza, obreros para su mies (cf. Mt 9, 37-38, Lc 10, 2).
De manera siempre delicada y respetuosa, pero también clara y valiente, debemos dirigir una peculiar invitación al seguimiento de Jesús a los chicos y chicas que parecen más atraídos y fascinados por la amistad con él. Desde esta perspectiva, la diócesis destinará a algunos nuevos sacerdotes específicamente al servicio de las vocaciones, pero sabemos bien que en este campo son decisivas la oración y la calidad del conjunto de nuestro testimonio cristiano, el ejemplo de vida de los sacerdotes y de las almas consagradas, y la generosidad de las personas llamadas y de las familias de las que proceden.
Queridos hermanos y hermanas, os dejo estas reflexiones como contribución para el diálogo de estas tardes y para el trabajo del próximo año pastoral. Que el Señor nos conceda siempre la alegría de creer en él, de crecer en su amistad, de seguirlo en el camino de la vida y de dar testimonio de él en todas las situaciones, de forma que podamos transmitir a quienes vengan después de nosotros la inmensa riqueza y belleza de la fe en Jesucristo. Mi afecto y mi bendición os acompañan en vuestro trabajo. Gracias por vuestra atención.
Aprender a perdonar. Aprender a Querer
Cuando alguien en un autobús lleno nos da un pisotón y con amabilidad pide perdón, ordinariamente no tenemos grandes dificultades en asentir aunque nos duela el pie. Somos conscientes de que no fue con intención, sino por descuido o movido por la fuerza de la gravedad. No es responsable de su acción. Falta una razón necesaria para que yo pueda ejercer el perdón en sentido propio, que se refiere a un mal que alguien nos ha ocasionado voluntariamente [1] .
Al hablar de auténtico perdón, el terreno es mucho más profundo que el de un pisotón accidental, es una herida en el corazón humano causada por la libre actuación de otro.
Todos sufrimos injusticias, humillaciones y rechazos; algunos deben soportar torturas, no sólo en la cárcel, sino en el trabajo o, incluso, en la propia familia; «El único dolor que destruye más que el hierro —dicen los árabes— es la injusticia que procede de nuestros familiares».
Frente a esas heridas es posible reaccionar de formas diferentes —golpear a quienes nos han golpeado, hablar mal de quienes lo han hecho con nosotros…—, pero es una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores o desesperación y, tal vez, es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más.
Sólo en el perdón brota nueva vida porque es renunciar a la venganza y querer, a pesar de todo, lo mejor para el otro. La tradición cristiana ofrece varios testimonios de esta actitud, como el caso del monje trapense muerto en Argelia con otros religiosos que habían permanecido en su monasterio, en 1994. En una carta que dejó para su familia agradecía a todos los que había conocido e incluía a sus asesinos: «Y también a ti, amigo de última hora, que no habrás sabido lo que hiciste. Sí, también por ti digo ese gracias y ese adiós cara a cara contigo» [2].
Un día, a principios de los años 40, San Josemaria tuvo necesidad de tomar un taxi. Como le movía siempre un encendido afán apostólico, enseguida entabló conversación con el taxista. Le habló de Dios, de la necesidad de portarse bien, de santificarse en el propio trabajo, de comprender y convivir con todos. El taxista que había escuchado en silencio, al final del trayecto, preguntó:
—¿Estaba usted en Madrid durante la guerra? (se refería a la guerra civil española, todavía reciente en ese entonces).
—Sí, contestó.
El taxista replicó duramente:
—Lástima que no le hayan matado.
El sacerdote calló, pagó lo debido y preguntó:
—¿Tiene usted hijos?
Ante la respuesta afirmativa y a pesar de su penuria económica, dio al taxista una generosa propina y añadió:
—Para que compre unos dulces a sus hijos.
¿QUÉ SIGNIFICA PERDONAR?
Cuando digo a alguien «te perdono», no olvido simplemente la injusticia, sino que rechazo la venganza y los rencores, y me dispongo a ver al agresor como una persona digna de compasión. Consideremos estos elementos con detenimiento.
1. Reaccionar ante un mal real y objetivo
Si me amputan un brazo infectado sentiré dolor y tristeza, incluso furia contra el cirujano. Pero no habrá nada que perdonar porque era necesario para salvarme. Es claro que el perdón sólo tiene sentido si alguien ha recibido un daño objetivo de otro.
Por otro lado, perdonar no consiste en no querer ver el daño, colorearlo o disimularlo. Algunos pasan de largo las injurias porque intentan eludir cualquier conflicto; buscan la paz a cualquier precio y pretenden vivir siempre en un ambiente armonioso.
Parece que todo les da igual. «No importa» si no les dicen la verdad; «no importa» si los utilizan como meros objetos para conseguir unos fines egoístas; «no importan» tampoco el fraude ni el adulterio. Tal actitud es peligrosa porque puede llevar a una completa ceguera ante los valores. La indignación e incluso la ira son reacciones normales y hasta necesarias en ciertos casos. Quien perdona, no cierra los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una injusticia. Si lo negara, no tendría nada que perdonar [3] .
Si uno acostumbra a callarlo todo, tal vez goce por un tiempo de una aparente paz; pero al final pagará un precio muy alto, pues renuncia a la libertad de ser él mismo. Esconde y sepulta sus frustraciones en lo más profundo de su corazón, detrás de una muralla gruesa, que levanta para protegerse. Y ni siquiera se da cuenta de su falta de autenticidad.
Es normal que una injusticia duela y hiera, pero para sanarla es necesario verla. Si no, huimos sin cesar de la propia intimidad (es decir, de nosotros mismos); y el dolor nos carcome lenta e irremediablemente.
«Aunque nos maten —dicen—, no pueden hacernos ningún daño» [4] . Han logrado un férreo dominio de sí mismos, se sienten superiores a los demás y mantienen interiormente una distancia tan grande hacia ellos que nadie puede tocar su corazón. Como nada les afecta, no reprochan nada a sus opresores. ¿Qué le importa a la luna que un perro le ladre?
El problema es que no hay relación interpersonal; para no sufrir se renuncia al amor. Quien ama, siempre se hace pequeño y vulnerable. Cuando a alguien nunca le duele la actuación de otro, el perdón es superfluo. Falta la ofensa y falta el ofendido.
Es imposible huir del sufrimiento. Todo dolor negado retorna por la puerta trasera, permanece largo tiempo como un trauma y puede causar heridas perdurables o, a veces, convertir a alguien normal en una persona agria, obsesiva, medrosa, nerviosa o insensible. Al final, muchos se dan cuenta de que tal vez habría sido mejor enfrentar directa y conscientemente la experiencia del dolor: hacerlo es la clave para conseguir la paz interior.
2. Actuar con libertad y sensatez
Perdonar es la única reacción que no re-actúa simplemente según el conocido principio «ojo por ojo, diente por diente». El odio provoca la violencia y ella justifica el odio. Al perdonar, corto ese círculo vicioso, libero al otro, que ya no está sujeto al proceso iniciado y, en primer lugar, me libero yo. Estoy dispuesto a desatarme de los enfados y rencores, no «re-acciono» de inmediato, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.
Superar las ofensas es muy importante para la propia vida. Max Scheler afirma que una persona resentida se intoxica a sí misma; el otro le ha herido y ahí se recluye, se instala y encapsula. Queda atrapada en el pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones del mismo acontecimiento.
El resentimiento hace que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo, creando una especie de malestar e insatisfacción generales. En consecuencia, uno no está a gusto, ni en su propia piel ni en ningún lugar. Los recuerdos amargos encienden de nuevo la cólera y llevan a depresiones. Al respecto, es muy ilustrativo el refrán chino que dice: «El que busca venganza debe cavar dos fosas».
En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista negra describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, «porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado» [5] . Después de algún tiempo reconoció que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio.
Poco a poco descubrió que en vez de esperar el perdón de los blancos debía pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirarlos como personas, no como opresores. Encontró al enemigo en su interior, formado de prejuicios y rencores que le impedían ser feliz.
Las heridas no curadas pueden reducir enormemente nuestra libertad y originar reacciones desproporcionadas y violentas que nos sorprenden a nosotros mismos. Una persona herida hiere a las demás. Y, muchas veces, oculta su corazón tras una coraza, en apariencia dura, inaccesible e intratable. En realidad, no es así. Sólo necesita defenderse. Parece sólida, pero es insegura; está atormentada por malas experiencias.
Ordenar el propio interior es un paso para hacer posible el perdón, pero es muy difícil y, en ocasiones, no conseguimos darlo. Quizá renunciemos a la venganza, no al dolor. Así, es claro cómo el perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado psíquico. Se puede perdonar llorando.
3. Recordar el pasado para bien
Es ley natural que el tiempo «cura» algunas llagas. No las cierra de verdad, pero las hace olvidar. Algunos hablan de la «caducidad de nuestras emociones» [6] . Llegará un momento en que una persona no pueda llorar más ni sentirse ya herida. Pero esto no es señal de que haya perdonado a su agresor, sino de que tiene ciertas «ganas de vivir».
Un determinado estado psíquico —por intenso que sea— no suele volverse permanente. A este estado sigue un lento proceso de desprendimiento, pues la vida continúa. No podemos quedarnos siempre ahí, como pegados al pasado, perpetuando en nosotros el daño sufrido. Así sólo bloqueamos el ritmo de la naturaleza.
La capacidad de desatarse y olvidar, por tanto, es importante para el ser humano, pero no tiene nada que ver con la actitud de perdonar, que no consiste sólo en «borrón y cuenta nueva». Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la justicia, que muchas veces pretende camuflarse. El daño debe reconocerse y, en lo posible, repararse. Hace falta «purificar la memoria» para que sea maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado aprenderé mucho de los acontecimientos que he vivido.
4. Renunciar a la venganza
Como el perdón expresa nuestra libertad, también es posible negarlo al otro. El judío Simon Wiesenthal cuenta sus experiencias en los campos de concentración. Un día, una enfermera se acercó y le pidió seguirle. Le llevó a una habitación donde agonizaba un joven oficial de las SS, quien le contó su vida: habló de su familia y de cómo llegó a colaborar con Hitler. Le pesaba sobre todo un crimen en el que había participado: los soldados a su mando habían quemado a 300 judíos encerrados en una casa.
«Sé que es horrible —dijo el oficial—, durante las largas noches, mientras espero mi muerte, siento la gran urgencia de hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo corazón». Wiesenthal concluye: «De pronto comprendí y, sin decir una sola palabra, salí de la habitación» [7] . Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio.
5. Mirar al agresor en su dignidad personal
El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a escucharles con el corazón abierto.
El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra. Todo ser humano es más grande que su culpa. Albert Camus da un ejemplo elocuente en una carta pública a los nazis sobre los crímenes cometidos en Francia: «Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres… Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás» [8] .
El perdón del que hablamos aquí no consiste en saldar un castigo, sino que es, ante todo, una actitud interior. Significa vivir en paz con los recuerdos y no perder el aprecio a ninguna persona. Se puede considerar también a un difunto en su dignidad personal. Nadie está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz.
Al perdonar a alguien le decimos: «No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor». Queremos todo el bien posible para el otro, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el fondo del corazón, con gran sinceridad. “Que nunca falte en vosotros este deseo y esta realidad de comprender, de amar, de perdonar, de disculpar, de convivir”
ALLANAR EL CAMINO PARA EL PERDÓN
Ahora, analicemos algunas actitudes que nos disponen a realizar este acto liberador para nosotros y para los demás.
1. Amor: entregarse hasta el extremo
Perdonar es amar intensamente. El verbo latín per-donare lo expresa con claridad: el prefijo per intensifica al verbo donare. Es dar, entregarse, hasta el extremo. El poeta Werner Bergengruen ha dicho que el amor se prueba en la fidelidad y se completa en el perdón. “has de querer a tus hermanos, los hombres, hasta el extremo de que incluso sus defectos – cuando no sean ofensa a Dios – no te parezcan defectos. Si no quieres más que las buenas cualidades que veas en los demás – si no sabes comprender, disculpar, perdonar – eres un egoísta”. (Forja, 33)
Sin embargo, cuando nos han ofendido gravemente el amor apenas es posible. Primero hay que separarnos de algún modo del agresor, aunque sea sólo en el interior. Mientras el cuchillo está ahí, la herida nunca cerrará. Hace falta tomar distancia del otro; sólo entonces veremos su rostro. Un cierto desprendimiento es condición previa para perdonar de todo corazón y amar al otro.
Una persona sólo vive y se desarrolla sanamente cuando es aceptada tal como es, cuando alguien la quiere de verdad y le dice: «Es bueno que existas» [9] . «Estar vivo» no es suficiente, hace falta la confirmación en el ser para sentirse a gusto, posibilitar cierta estimación propia y relacionarse con otros en amistad. Por eso se ha dicho que el amor continúa y perfecciona la obra de la creación [10] .
Si no perdono al otro, de alguna manera le quito el espacio para vivir y desarrollarse; le mato, en sentido espiritual: con palabras injustas y duras, con pensamientos malos o, incluso, negando el perdón. Si, en cambio, concedemos el perdón, ayudamos al otro a volver a la propia identidad, a vivir con una nueva libertad y con una felicidad más honda.
2. Comprensión: todos somos débiles
Es preciso entender que cada uno necesita más amor del que «merece»; que cada uno es más vulnerable de lo que aparenta; que todos somos débiles y podemos cansarnos. Perdonar es estar convencido de que en cada uno, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar; creer en la transformación y evolución de los demás.
Si alguien no perdona, tal vez tome a los demás muy en serio, exige demasiado de ellos. Pero, «tomar a un hombre perfectamente en serio significa destruirle» [11] advierte el filósofo Robert Spaemann. Todos somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos: «no sabemos lo que hacemos».
Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A veces impresiona ver cuánto puede transformarse una persona si se le da confianza; cómo cambia si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchos que saben animar a los otros a ser mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: «Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese».
3. Generosidad: justicia y misericordia
Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Hay situaciones muy complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye. Pero, ¿si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo nunca cubre la pérdida, es donde tiene espacio el perdón.
El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. A veces, no hay soluciones en el mundo exterior. Pero, al menos, se puede mitigar el daño interior, con cariño, aliento y consuelo. «Convenceos —afirma San Josemaría Escrivá— que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad (…) La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo» [12] . Y santo Tomás resume: «La justicia sin la misericordia es crueldad» [13] .
El perdón trata de vencer el mal por la abundancia del bien [14] . Es por naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor, un don siempre inmerecido. Esto significa que quien perdona no exige nada a su agresor, ni siquiera que le duela el daño. Mucho antes que él, busca la reconciliación: quien ama ya ha perdonado.
El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para perdonar, aunque sí es conveniente. En efecto, es mucho más fácil perdonar cuando el otro lo pide, pero a veces hace falta comprender que en quienes obran mal hay bloqueos que les impiden admitir su culpa.
Hay un modo «impuro» de perdonar, cuando se hace con cálculos, especulaciones y metas: «Te perdono para que te des cuenta de la barbaridad que has hecho; te perdono para que mejores». Quizá sean fines educativos loables, pero en este caso no se trata del perdón verdadero que se concede sin ninguna condición, al igual que el amor auténtico: «Te perdono porque te quiero –a pesar de todo».
4. Humildad: «cambiar la silla»
Hace falta prudencia y delicadeza para saber perdonar. En ocasiones, no conviene hacerlo enseguida, cuando el otro aún está agitado. Si fuera de inmediato, parecería una venganza sublime para humillar. En efecto, la oferta de la reconciliación tal vez tenga carácter de una acusación, ocultar una actitud farisaica: quiero demostrar que tengo razón y que soy generoso. Lo que impide entonces llegar a la paz no es la obstinación del otro, sino mi propia arrogancia.
Por otro lado, perdonar siempre es un riesgo, pues no asegura su recepción y puede molestar al agresor en cualquier momento. «Cuando uno perdona, se abandona al otro, a su poder, se expone a lo que imprevisiblemente puede hacer y se le da libertad de ofender y herir (de nuevo)» [15] . Aquí se ve que hace falta humildad para buscar la reconciliación.
Después de un tiempo es bueno conversar con el otro para explicarse, dar el propio punto de vista, y escuchar con atención sus argumentos. Es importante escuchar hasta el final y esforzarse por captar también las palabras que no dice. De vez en vez es necesario «cambiar la silla», al menos mentalmente, y tratar de ver el mundo desde la perspectiva del otro.
El perdón es un acto de fuerza interior, pero no de voluntad de poder, no busca dominar ni humillar. Para que sea verdadero y «puro», la víctima debe evitar hasta la menor señal de una «superioridad moral» que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros quienes debemos juzgar lo que se esconde en el corazón de los otros.
Hay que evitar acusar al agresor; quien demuestra la propia irreprochabilidad, no perdona realmente. Enfurecerse por culpa de otro conduce con facilidad a la represión de la culpa de uno mismo.
Todos hacemos daño a los demás, aunque no nos demos cuenta; por eso necesitamos perdonar, para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Reconocer las propias flaquezas y fallos que, a lo mejor, han llevado al otro a agraviarnos.
5. Abrirse a la gracia de Dios: señas de identidad
Es innegable que el perdón llega a veces al límite de nuestras fuerzas. ¿Es posible perdonar si el opresor no se arrepiente en absoluto e incluso insulta a su víctima y cree haber obrado correctamente? Quizá no, al menos si contamos sólo con nuestra propia capacidad.
Pero un cristiano nunca está solo. Siempre es Dios quien ama primero y es Él quien perdona primero, quien nos da fuerzas para cumplir con este mandamiento que es, probablemente, el más difícil de todos: amar a los enemigos, perdonarlos. Pero, en el fondo, no se trata tanto de una exigencia moral —como Dios te ha perdonado a ti, tú debes perdonar a los prójimos— cuanto de un imperativo existencial: si comprendes realmente lo que te ha ocurrido a ti, no puedes por menos que perdonar al otro. Si no lo haces, no sabes lo que Dios te ha dado.
El perdón forma parte de la identidad de los cristianos que, por eso, han sabido transformar las tragedias en victorias. Debemos encontrar el sentido de las ofensas e injusticias en la propia vida. Ninguna experiencia que adquirimos es en vano; al contrario, siempre podemos aprender algo que nos ayude a comprender mejor el mundo, a los demás y a nosotros mismos.
UN BUEN BAÑO, DORMIR Y HABLAR CON UN AMIGO
Aunque se ha dicho que perdonar es un acto liberador que exige cierta fuerza interior, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Es comprensible que a una madre le cueste mucho perdonar al asesino de su hijo. Hay que dar todo el tiempo que sea necesario para llegar al perdón. Si alguien le acusara de rencorosa o vengativa, engrandecería su herida.
Santo Tomás de Aquino aconseja a quienes sufren por un daño que no se rompan la cabeza con argumentos, ni lean, ni escriban. Antes que nada, dice, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo [16] .
Generalmente, al principio nos cuesta aceptar un gran dolor. Necesitamos tranquilizarnos; seguir el ritmo de nuestra naturaleza suele ayudar mucho. Sólo una persona de alma muy pequeña se escandalizaría de ello.
Perdonar quizá sea una labor interior auténtica y dura, pero con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la ayuda de la gracia divina, es posible realizarla. «Con mi Dios, salto los muros», canta el salmista. Podemos referirlo también a los muros que están en nuestro corazón.
Si conseguimos crear una cultura del perdón, construiremos juntos un mundo habitable, con más vitalidad y fecundidad; proyectaremos juntos un futuro realmente nuevo. Para terminar, vale recordar unas sabias palabras: «¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».
[1] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae II-II, q. 68, a. 4 ad 1.
[2] Ch. de Chergé. «Testament spirituel» (1994), en B. Chenu. L’invincible espérance. París, 1997. p. 221.
[3] Se ha destacado que la justicia, junto con la verdad, son los presupuestos del perdón. Cfr. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz Ofrece el perdón, recibe la paz, 1° de enero de 1997.
[4] Se suele atribuir esta frase al filósofo estoico Epicteto, que era un esclavo. Cfr. Epicteto. Handbüchlein der Moral. Edición de H. Schmidt. Stuttgart, 1984. p. 31.
[5] P. Raybon. My First White Friend. New York, 1996. p.4s.
[6] A. Kolnai. «Forgiveness» en B. Williams; D. Wiggins (eds.). Ethics, Value and Reality. Selected Papers of Aurel Kolnai. Indianapolis, 1978. p.95.
[7] Cfr. S. Wiesenthal. The Sunflower. On the Possibilities and Limits of Forgiveness. New York, 1998. Sin embargo, la cuestión del perdón se presenta abierta para este autor. Cfr. Los límites del perdón. Barcelona, 1998.
[8] Albert Camus. Carta a un amigo alemán. Barcelona, 1995. p. 58.
[9] Joseph Pieper. Über die Liebe. München, 1972. p. 38s.
[10] Cfr. Ibid. p. 47.
[11] Robert Spaemann. Felicidad y benevolencia. Madrid, 1991. p. 273.
[12] San Josemaría Escrivá de Balaguer. Amigos de Dios, n. 172.
[13] Tomás de Aquino. In Math. 5, 2.
[14] Cfr. Romanos. 12, 21.
[15] A. Cencini. Vivir en paz. Bilbao, 1997. p. 96.
[16] Cfr. Tomás de Aquino. Summa theologiae. I-II, q. 22.
Cuando alguien en un autobús lleno nos da un pisotón y con amabilidad pide perdón, ordinariamente no tenemos grandes dificultades en asentir aunque nos duela el pie. Somos conscientes de que no fue con intención, sino por descuido o movido por la fuerza de la gravedad. No es responsable de su acción. Falta una razón necesaria para que yo pueda ejercer el perdón en sentido propio, que se refiere a un mal que alguien nos ha ocasionado voluntariamente [1] .
Al hablar de auténtico perdón, el terreno es mucho más profundo que el de un pisotón accidental, es una herida en el corazón humano causada por la libre actuación de otro.
Todos sufrimos injusticias, humillaciones y rechazos; algunos deben soportar torturas, no sólo en la cárcel, sino en el trabajo o, incluso, en la propia familia; «El único dolor que destruye más que el hierro —dicen los árabes— es la injusticia que procede de nuestros familiares».
Frente a esas heridas es posible reaccionar de formas diferentes —golpear a quienes nos han golpeado, hablar mal de quienes lo han hecho con nosotros…—, pero es una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores o desesperación y, tal vez, es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más.
Sólo en el perdón brota nueva vida porque es renunciar a la venganza y querer, a pesar de todo, lo mejor para el otro. La tradición cristiana ofrece varios testimonios de esta actitud, como el caso del monje trapense muerto en Argelia con otros religiosos que habían permanecido en su monasterio, en 1994. En una carta que dejó para su familia agradecía a todos los que había conocido e incluía a sus asesinos: «Y también a ti, amigo de última hora, que no habrás sabido lo que hiciste. Sí, también por ti digo ese gracias y ese adiós cara a cara contigo» [2].
Un día, a principios de los años 40, San Josemaria tuvo necesidad de tomar un taxi. Como le movía siempre un encendido afán apostólico, enseguida entabló conversación con el taxista. Le habló de Dios, de la necesidad de portarse bien, de santificarse en el propio trabajo, de comprender y convivir con todos. El taxista que había escuchado en silencio, al final del trayecto, preguntó:
—¿Estaba usted en Madrid durante la guerra? (se refería a la guerra civil española, todavía reciente en ese entonces).
—Sí, contestó.
El taxista replicó duramente:
—Lástima que no le hayan matado.
El sacerdote calló, pagó lo debido y preguntó:
—¿Tiene usted hijos?
Ante la respuesta afirmativa y a pesar de su penuria económica, dio al taxista una generosa propina y añadió:
—Para que compre unos dulces a sus hijos.
¿QUÉ SIGNIFICA PERDONAR?
Cuando digo a alguien «te perdono», no olvido simplemente la injusticia, sino que rechazo la venganza y los rencores, y me dispongo a ver al agresor como una persona digna de compasión. Consideremos estos elementos con detenimiento.
1. Reaccionar ante un mal real y objetivo
Si me amputan un brazo infectado sentiré dolor y tristeza, incluso furia contra el cirujano. Pero no habrá nada que perdonar porque era necesario para salvarme. Es claro que el perdón sólo tiene sentido si alguien ha recibido un daño objetivo de otro.
Por otro lado, perdonar no consiste en no querer ver el daño, colorearlo o disimularlo. Algunos pasan de largo las injurias porque intentan eludir cualquier conflicto; buscan la paz a cualquier precio y pretenden vivir siempre en un ambiente armonioso.
Parece que todo les da igual. «No importa» si no les dicen la verdad; «no importa» si los utilizan como meros objetos para conseguir unos fines egoístas; «no importan» tampoco el fraude ni el adulterio. Tal actitud es peligrosa porque puede llevar a una completa ceguera ante los valores. La indignación e incluso la ira son reacciones normales y hasta necesarias en ciertos casos. Quien perdona, no cierra los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una injusticia. Si lo negara, no tendría nada que perdonar [3] .
Si uno acostumbra a callarlo todo, tal vez goce por un tiempo de una aparente paz; pero al final pagará un precio muy alto, pues renuncia a la libertad de ser él mismo. Esconde y sepulta sus frustraciones en lo más profundo de su corazón, detrás de una muralla gruesa, que levanta para protegerse. Y ni siquiera se da cuenta de su falta de autenticidad.
Es normal que una injusticia duela y hiera, pero para sanarla es necesario verla. Si no, huimos sin cesar de la propia intimidad (es decir, de nosotros mismos); y el dolor nos carcome lenta e irremediablemente.
«Aunque nos maten —dicen—, no pueden hacernos ningún daño» [4] . Han logrado un férreo dominio de sí mismos, se sienten superiores a los demás y mantienen interiormente una distancia tan grande hacia ellos que nadie puede tocar su corazón. Como nada les afecta, no reprochan nada a sus opresores. ¿Qué le importa a la luna que un perro le ladre?
El problema es que no hay relación interpersonal; para no sufrir se renuncia al amor. Quien ama, siempre se hace pequeño y vulnerable. Cuando a alguien nunca le duele la actuación de otro, el perdón es superfluo. Falta la ofensa y falta el ofendido.
Es imposible huir del sufrimiento. Todo dolor negado retorna por la puerta trasera, permanece largo tiempo como un trauma y puede causar heridas perdurables o, a veces, convertir a alguien normal en una persona agria, obsesiva, medrosa, nerviosa o insensible. Al final, muchos se dan cuenta de que tal vez habría sido mejor enfrentar directa y conscientemente la experiencia del dolor: hacerlo es la clave para conseguir la paz interior.
2. Actuar con libertad y sensatez
Perdonar es la única reacción que no re-actúa simplemente según el conocido principio «ojo por ojo, diente por diente». El odio provoca la violencia y ella justifica el odio. Al perdonar, corto ese círculo vicioso, libero al otro, que ya no está sujeto al proceso iniciado y, en primer lugar, me libero yo. Estoy dispuesto a desatarme de los enfados y rencores, no «re-acciono» de inmediato, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.
Superar las ofensas es muy importante para la propia vida. Max Scheler afirma que una persona resentida se intoxica a sí misma; el otro le ha herido y ahí se recluye, se instala y encapsula. Queda atrapada en el pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones del mismo acontecimiento.
El resentimiento hace que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo, creando una especie de malestar e insatisfacción generales. En consecuencia, uno no está a gusto, ni en su propia piel ni en ningún lugar. Los recuerdos amargos encienden de nuevo la cólera y llevan a depresiones. Al respecto, es muy ilustrativo el refrán chino que dice: «El que busca venganza debe cavar dos fosas».
En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista negra describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, «porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado» [5] . Después de algún tiempo reconoció que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio.
Poco a poco descubrió que en vez de esperar el perdón de los blancos debía pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirarlos como personas, no como opresores. Encontró al enemigo en su interior, formado de prejuicios y rencores que le impedían ser feliz.
Las heridas no curadas pueden reducir enormemente nuestra libertad y originar reacciones desproporcionadas y violentas que nos sorprenden a nosotros mismos. Una persona herida hiere a las demás. Y, muchas veces, oculta su corazón tras una coraza, en apariencia dura, inaccesible e intratable. En realidad, no es así. Sólo necesita defenderse. Parece sólida, pero es insegura; está atormentada por malas experiencias.
Ordenar el propio interior es un paso para hacer posible el perdón, pero es muy difícil y, en ocasiones, no conseguimos darlo. Quizá renunciemos a la venganza, no al dolor. Así, es claro cómo el perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado psíquico. Se puede perdonar llorando.
3. Recordar el pasado para bien
Es ley natural que el tiempo «cura» algunas llagas. No las cierra de verdad, pero las hace olvidar. Algunos hablan de la «caducidad de nuestras emociones» [6] . Llegará un momento en que una persona no pueda llorar más ni sentirse ya herida. Pero esto no es señal de que haya perdonado a su agresor, sino de que tiene ciertas «ganas de vivir».
Un determinado estado psíquico —por intenso que sea— no suele volverse permanente. A este estado sigue un lento proceso de desprendimiento, pues la vida continúa. No podemos quedarnos siempre ahí, como pegados al pasado, perpetuando en nosotros el daño sufrido. Así sólo bloqueamos el ritmo de la naturaleza.
La capacidad de desatarse y olvidar, por tanto, es importante para el ser humano, pero no tiene nada que ver con la actitud de perdonar, que no consiste sólo en «borrón y cuenta nueva». Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la justicia, que muchas veces pretende camuflarse. El daño debe reconocerse y, en lo posible, repararse. Hace falta «purificar la memoria» para que sea maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado aprenderé mucho de los acontecimientos que he vivido.
4. Renunciar a la venganza
Como el perdón expresa nuestra libertad, también es posible negarlo al otro. El judío Simon Wiesenthal cuenta sus experiencias en los campos de concentración. Un día, una enfermera se acercó y le pidió seguirle. Le llevó a una habitación donde agonizaba un joven oficial de las SS, quien le contó su vida: habló de su familia y de cómo llegó a colaborar con Hitler. Le pesaba sobre todo un crimen en el que había participado: los soldados a su mando habían quemado a 300 judíos encerrados en una casa.
«Sé que es horrible —dijo el oficial—, durante las largas noches, mientras espero mi muerte, siento la gran urgencia de hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo corazón». Wiesenthal concluye: «De pronto comprendí y, sin decir una sola palabra, salí de la habitación» [7] . Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio.
5. Mirar al agresor en su dignidad personal
El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a escucharles con el corazón abierto.
El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra. Todo ser humano es más grande que su culpa. Albert Camus da un ejemplo elocuente en una carta pública a los nazis sobre los crímenes cometidos en Francia: «Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres… Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás» [8] .
El perdón del que hablamos aquí no consiste en saldar un castigo, sino que es, ante todo, una actitud interior. Significa vivir en paz con los recuerdos y no perder el aprecio a ninguna persona. Se puede considerar también a un difunto en su dignidad personal. Nadie está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz.
Al perdonar a alguien le decimos: «No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor». Queremos todo el bien posible para el otro, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el fondo del corazón, con gran sinceridad. “Que nunca falte en vosotros este deseo y esta realidad de comprender, de amar, de perdonar, de disculpar, de convivir”
ALLANAR EL CAMINO PARA EL PERDÓN
Ahora, analicemos algunas actitudes que nos disponen a realizar este acto liberador para nosotros y para los demás.
1. Amor: entregarse hasta el extremo
Perdonar es amar intensamente. El verbo latín per-donare lo expresa con claridad: el prefijo per intensifica al verbo donare. Es dar, entregarse, hasta el extremo. El poeta Werner Bergengruen ha dicho que el amor se prueba en la fidelidad y se completa en el perdón. “has de querer a tus hermanos, los hombres, hasta el extremo de que incluso sus defectos – cuando no sean ofensa a Dios – no te parezcan defectos. Si no quieres más que las buenas cualidades que veas en los demás – si no sabes comprender, disculpar, perdonar – eres un egoísta”. (Forja, 33)
Sin embargo, cuando nos han ofendido gravemente el amor apenas es posible. Primero hay que separarnos de algún modo del agresor, aunque sea sólo en el interior. Mientras el cuchillo está ahí, la herida nunca cerrará. Hace falta tomar distancia del otro; sólo entonces veremos su rostro. Un cierto desprendimiento es condición previa para perdonar de todo corazón y amar al otro.
Una persona sólo vive y se desarrolla sanamente cuando es aceptada tal como es, cuando alguien la quiere de verdad y le dice: «Es bueno que existas» [9] . «Estar vivo» no es suficiente, hace falta la confirmación en el ser para sentirse a gusto, posibilitar cierta estimación propia y relacionarse con otros en amistad. Por eso se ha dicho que el amor continúa y perfecciona la obra de la creación [10] .
Si no perdono al otro, de alguna manera le quito el espacio para vivir y desarrollarse; le mato, en sentido espiritual: con palabras injustas y duras, con pensamientos malos o, incluso, negando el perdón. Si, en cambio, concedemos el perdón, ayudamos al otro a volver a la propia identidad, a vivir con una nueva libertad y con una felicidad más honda.
2. Comprensión: todos somos débiles
Es preciso entender que cada uno necesita más amor del que «merece»; que cada uno es más vulnerable de lo que aparenta; que todos somos débiles y podemos cansarnos. Perdonar es estar convencido de que en cada uno, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar; creer en la transformación y evolución de los demás.
Si alguien no perdona, tal vez tome a los demás muy en serio, exige demasiado de ellos. Pero, «tomar a un hombre perfectamente en serio significa destruirle» [11] advierte el filósofo Robert Spaemann. Todos somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos: «no sabemos lo que hacemos».
Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A veces impresiona ver cuánto puede transformarse una persona si se le da confianza; cómo cambia si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchos que saben animar a los otros a ser mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: «Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese».
3. Generosidad: justicia y misericordia
Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Hay situaciones muy complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye. Pero, ¿si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo nunca cubre la pérdida, es donde tiene espacio el perdón.
El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. A veces, no hay soluciones en el mundo exterior. Pero, al menos, se puede mitigar el daño interior, con cariño, aliento y consuelo. «Convenceos —afirma San Josemaría Escrivá— que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad (…) La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo» [12] . Y santo Tomás resume: «La justicia sin la misericordia es crueldad» [13] .
El perdón trata de vencer el mal por la abundancia del bien [14] . Es por naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor, un don siempre inmerecido. Esto significa que quien perdona no exige nada a su agresor, ni siquiera que le duela el daño. Mucho antes que él, busca la reconciliación: quien ama ya ha perdonado.
El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para perdonar, aunque sí es conveniente. En efecto, es mucho más fácil perdonar cuando el otro lo pide, pero a veces hace falta comprender que en quienes obran mal hay bloqueos que les impiden admitir su culpa.
Hay un modo «impuro» de perdonar, cuando se hace con cálculos, especulaciones y metas: «Te perdono para que te des cuenta de la barbaridad que has hecho; te perdono para que mejores». Quizá sean fines educativos loables, pero en este caso no se trata del perdón verdadero que se concede sin ninguna condición, al igual que el amor auténtico: «Te perdono porque te quiero –a pesar de todo».
4. Humildad: «cambiar la silla»
Hace falta prudencia y delicadeza para saber perdonar. En ocasiones, no conviene hacerlo enseguida, cuando el otro aún está agitado. Si fuera de inmediato, parecería una venganza sublime para humillar. En efecto, la oferta de la reconciliación tal vez tenga carácter de una acusación, ocultar una actitud farisaica: quiero demostrar que tengo razón y que soy generoso. Lo que impide entonces llegar a la paz no es la obstinación del otro, sino mi propia arrogancia.
Por otro lado, perdonar siempre es un riesgo, pues no asegura su recepción y puede molestar al agresor en cualquier momento. «Cuando uno perdona, se abandona al otro, a su poder, se expone a lo que imprevisiblemente puede hacer y se le da libertad de ofender y herir (de nuevo)» [15] . Aquí se ve que hace falta humildad para buscar la reconciliación.
Después de un tiempo es bueno conversar con el otro para explicarse, dar el propio punto de vista, y escuchar con atención sus argumentos. Es importante escuchar hasta el final y esforzarse por captar también las palabras que no dice. De vez en vez es necesario «cambiar la silla», al menos mentalmente, y tratar de ver el mundo desde la perspectiva del otro.
El perdón es un acto de fuerza interior, pero no de voluntad de poder, no busca dominar ni humillar. Para que sea verdadero y «puro», la víctima debe evitar hasta la menor señal de una «superioridad moral» que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros quienes debemos juzgar lo que se esconde en el corazón de los otros.
Hay que evitar acusar al agresor; quien demuestra la propia irreprochabilidad, no perdona realmente. Enfurecerse por culpa de otro conduce con facilidad a la represión de la culpa de uno mismo.
Todos hacemos daño a los demás, aunque no nos demos cuenta; por eso necesitamos perdonar, para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Reconocer las propias flaquezas y fallos que, a lo mejor, han llevado al otro a agraviarnos.
5. Abrirse a la gracia de Dios: señas de identidad
Es innegable que el perdón llega a veces al límite de nuestras fuerzas. ¿Es posible perdonar si el opresor no se arrepiente en absoluto e incluso insulta a su víctima y cree haber obrado correctamente? Quizá no, al menos si contamos sólo con nuestra propia capacidad.
Pero un cristiano nunca está solo. Siempre es Dios quien ama primero y es Él quien perdona primero, quien nos da fuerzas para cumplir con este mandamiento que es, probablemente, el más difícil de todos: amar a los enemigos, perdonarlos. Pero, en el fondo, no se trata tanto de una exigencia moral —como Dios te ha perdonado a ti, tú debes perdonar a los prójimos— cuanto de un imperativo existencial: si comprendes realmente lo que te ha ocurrido a ti, no puedes por menos que perdonar al otro. Si no lo haces, no sabes lo que Dios te ha dado.
El perdón forma parte de la identidad de los cristianos que, por eso, han sabido transformar las tragedias en victorias. Debemos encontrar el sentido de las ofensas e injusticias en la propia vida. Ninguna experiencia que adquirimos es en vano; al contrario, siempre podemos aprender algo que nos ayude a comprender mejor el mundo, a los demás y a nosotros mismos.
UN BUEN BAÑO, DORMIR Y HABLAR CON UN AMIGO
Aunque se ha dicho que perdonar es un acto liberador que exige cierta fuerza interior, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Es comprensible que a una madre le cueste mucho perdonar al asesino de su hijo. Hay que dar todo el tiempo que sea necesario para llegar al perdón. Si alguien le acusara de rencorosa o vengativa, engrandecería su herida.
Santo Tomás de Aquino aconseja a quienes sufren por un daño que no se rompan la cabeza con argumentos, ni lean, ni escriban. Antes que nada, dice, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo [16] .
Generalmente, al principio nos cuesta aceptar un gran dolor. Necesitamos tranquilizarnos; seguir el ritmo de nuestra naturaleza suele ayudar mucho. Sólo una persona de alma muy pequeña se escandalizaría de ello.
Perdonar quizá sea una labor interior auténtica y dura, pero con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la ayuda de la gracia divina, es posible realizarla. «Con mi Dios, salto los muros», canta el salmista. Podemos referirlo también a los muros que están en nuestro corazón.
Si conseguimos crear una cultura del perdón, construiremos juntos un mundo habitable, con más vitalidad y fecundidad; proyectaremos juntos un futuro realmente nuevo. Para terminar, vale recordar unas sabias palabras: «¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».
[1] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae II-II, q. 68, a. 4 ad 1.
[2] Ch. de Chergé. «Testament spirituel» (1994), en B. Chenu. L’invincible espérance. París, 1997. p. 221.
[3] Se ha destacado que la justicia, junto con la verdad, son los presupuestos del perdón. Cfr. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz Ofrece el perdón, recibe la paz, 1° de enero de 1997.
[4] Se suele atribuir esta frase al filósofo estoico Epicteto, que era un esclavo. Cfr. Epicteto. Handbüchlein der Moral. Edición de H. Schmidt. Stuttgart, 1984. p. 31.
[5] P. Raybon. My First White Friend. New York, 1996. p.4s.
[6] A. Kolnai. «Forgiveness» en B. Williams; D. Wiggins (eds.). Ethics, Value and Reality. Selected Papers of Aurel Kolnai. Indianapolis, 1978. p.95.
[7] Cfr. S. Wiesenthal. The Sunflower. On the Possibilities and Limits of Forgiveness. New York, 1998. Sin embargo, la cuestión del perdón se presenta abierta para este autor. Cfr. Los límites del perdón. Barcelona, 1998.
[8] Albert Camus. Carta a un amigo alemán. Barcelona, 1995. p. 58.
[9] Joseph Pieper. Über die Liebe. München, 1972. p. 38s.
[10] Cfr. Ibid. p. 47.
[11] Robert Spaemann. Felicidad y benevolencia. Madrid, 1991. p. 273.
[12] San Josemaría Escrivá de Balaguer. Amigos de Dios, n. 172.
[13] Tomás de Aquino. In Math. 5, 2.
[14] Cfr. Romanos. 12, 21.
[15] A. Cencini. Vivir en paz. Bilbao, 1997. p. 96.
[16] Cfr. Tomás de Aquino. Summa theologiae. I-II, q. 22.
lunes, 1 de febrero de 2010
Respondiendo los Argumentos Científicos del Movimiento Homosexual
Varios investigadores han tratado de encontrar una causa biológica para la atracción entre seres del mismo sexo.
Fuente: accionfamilia.org
En su esfuerzo por dar a la homosexualidad todas las apariencias de normalidad, el movimiento homosexual se ha vuelto hacia la ciencia, intentando probar tres premisas mayores:
• la homosexualidad es genética o innata;
• la homosexualidad es irreversible;
• una vez que hay animales que tienen vida sexual con otros del mismo sexo, esto es natural.
Los medios de izquierda han estado demasiado dispuestos a anticipar el veredicto de la comunidad científica y difundir la falsa impresión de que la ciencia valida la homosexualidad. La evidencia no podía ser más contraria.
“¡Yo nací de esa forma!”
El argumento de que los homosexuales
“nacieron de esa forma” o de que “está en los genes” condujo a la búsqueda del gen homosexual. Tres proyectos de investigación han sido comúnmente mal interpretados para apoyar esa conclusión, en especial las del Dr. Simon LeVay, Drs. J. Michael Bailey y Richard C. Pillard, y Dr. Dean Hamer.[1]
La Asociación Médica Norteamericana resume los hechos en Homosexualidad y Esperanza:
Varios investigadores han tratado de encontrar una causa biológica para la atracción entre seres del mismo sexo. Los medios de comunicación han promovido la idea de que un “gen gay” ya ha sido descubierto pero, a pesar de varios intentos, ninguno de los muy publicitados estudiosha sido científicamente demostrado. Varios autores han revisado cuidadosamente estos estudios y encontrado que, no sólo éstos no prueban la base genética para la atracción por el mismo sexo, sino que ni siquiera contienen tales declaraciones
Si la atracción por el mismo sexo estuviese genéticamente determinada, entonces uno esperaría que gemelos idénticos sean idénticos en sus atracciones sexuales. Hay, sin embargo, numerosos informes de gemelos idénticos que no son idénticos en sus atracciones sexuales.[2]
El Estudio del Dr. Simon LeVay
La investigación del Dr. LeVay sobre el cerebro enfocó una agrupación de células en el hipotálamo conocidas como INAH-3. Él alegó haber encontrado “sutiles, pero significativas diferencias” entre las estructuras cerebrales de hombres homosexuales y normales. Concluyó el resumen de su estudio diciendo: “Este encuentro sugiere que la orientación sexual tiene un substrato biológico.”[3]
Fue tanta y tan descabellada la especulación que siguió a la publicación de su estudio en Science Magazine que el Dr. LeVay se sintió impelido a enmendarlo. En 1993, escribió:
Para muchas personas, encontrar una diferencia en la estructura cerebral entre hombres homosexuales y normales equivale a probar que los homosexuales son “nacidos de esa forma”. Una y otra vez he sido definido como alguien que “probó que la homosexualidad es genética,” o algo como eso. No lo hice. Mis observaciones fueron hechas sólo en adultos que fueron sexualmente activos por un período considerable de tiempo. No es posible, sólo con base en mis observaciones, decir si las diferencias estructurales estaban presentes al nacer, y más tarde influenciaron a los hombres a hacerse homosexuales o normales; o si surgieron en la vida adulta, quizá como resultado de su conducta sexual.[4]
La insistencia del Dr. LeVay en observaciones más amplias es el punto capital de todo el problema. Explicando la investigación hecha por un profesor de neurología en la Universidad de California en Berkeley, Dr. A. Dean Byrd dice:
[El Profesor] Breedlove concluyó que el cerebro no es un órgano estático. Cambia y se ajusta al comportamiento, y, en el caso de este estudio, específicamente a la conducta sexual. Así, cuando alguien realiza un acto particular repetidamente, ciertos circuitos nerviosos en el cerebro son fortalecidos. Como el cerebro es un órgano físico, cuando estos circuitos nerviosos son fortalecidos, se reflejan en la química del cerebro. Alguien que repetidamente juega basketball tendrá un cerebro diferente de alguien que estudia ciencia de cohetes. Asimismo, el comportamiento de una persona homosexual produce probablemente una estructura cerebral diferente. Estudios como el de LeVay, aunque sean concluyentes, sólo muestran lo que la ciencia ya sabe sobre el cerebro.[5]
El Estudio de Bailey y Pillard
El Estudio de Bailey y Pillard se centró en gemelos. Como el estudio de la Asociación Médica Católica señala, si la homosexualidad es genética, gemelos idénticos, que comparten el mismo código genético, deberían tener actitudes idénticas hacia la homosexualidad.
Sin embargo, los Drs. Bailey y Pillard no pudieron establecer esto. Su estudio probó que, cuando un mellizo era homosexual, había aproximadamente una probabilidad 50/50 de que el otro mellizo fuese también homosexual. No obstante, esta probabilidad 50/50 es más bien atribuible a la influencia de la cultura circundante y a la del otro mellizo.
Como el Dr. Byrd señala: “El único punto esencial que emerge de la investigación de Bailey y Pillard realmente probó que las influencias ambientales juegan un fuerte papel en el desarrollo de la homosexualidad.”[6]
El estudio de Dr. Dean H. Hamer
Mucha gente equivocadamente cree que Dr. Dean H. Hamer descubrió el “gen gay”. Su investigación de DNA enfocó un pequeño trecho del cromosoma X en la posición Xq28. Después de analizar esta secuencia DNA en cuarenta pares de hermanos homosexuales, concluyó que los mismos marcadores genéticos existían en el 83% de ellos.
Sus hallazgos fueron mal interpretados como prueba que la homosexualidad es genética y hereditaria. Sin embargo, como el mismo Dr. Hamer afirmó:
El linaje no produjo lo que originalmente esperábamos encontrar: simple herencia Mendeliana. De hecho, nunca encontramos una sola familia en la cual la homosexualidad estuviese distribuida en el obvio modelo que Mendel observó en sus plantas de guisantes.[7]
El Dr. George Rice repitió la investigación del Dr. Hamer, pero con diferentes resultados. Esto llevó al Dr. Rice a concluir: “Nuestros datos no apoyan la presencia de un gen de amplio efecto que influencie la orientación sexual en la posición Xq28.”[8]
Neil Whitehead, un Ph.D. en bioquímica, afirmó: “la homosexualidad no es innata, no está dictada genéticamente, no es inmutable.”[9]
“¡Yo no puedo cambiar!”
Nada es más devastador para la agenda homosexual que la afirmación de que la homosexualidad puede ser curada. En realidad, si la homosexualidad es genética, dominante e irreversible, entonces nadie es responsable por actos de desvío sexual, una vez que no puede ser resistida o cambiada cuando se lo desea.
El hecho innegable, sin embargo, es que, actuando sobre el comportamiento homosexual pasado, la terapia psicológica probó ser exitosa en disminuir, y en muchos casos aun en eliminar, la atracción indeseada por el mismo sexo. Esto desconcierta a los activistas homosexuales radicales.[10]
Por esta razón, el movimiento homosexual ostenta una marcada aversión hacia aquellos que sugerirían que la homosexualidad puede ser revertida o curada. Por ejemplo, el Dr. C. C. Tripp declaró en un debate público: “No hay una sola instancia registrada de un cambio en orientación homosexual que haya sido validada por jueces externos o probada.”[11]
Basado en su experiencia profesional, el Dr. Lawrence Hatterer respondió:
Yo he “curado” a muchos homosexuales. Cualquier otro investigador puede examinar mi trabajo porque está todo documentado en 10 años de cintas magnéticas. Muchos de estos pacientes “curados” (prefiero usar la palabra “cambiados”) se han casado, tenido familias y vivido felices. Es un mito destructivo que “una vez que se es homosexual, siempre lo será.”[12]
Enfrentado con la evidencia, aun el Dr. Robert L. Spitzer, que dirigió la campaña en la Asociación Psiquiátrica Norteamericana para dejar de publicar la inclusión de la homosexualidad en la lista de desórdenes psiquiátricos, cambió de opinión: “Como la mayoría de los psiquiatras, yo pensaba que el comportamiento homosexual no podía ser resistido, pues la orientación sexual no podía ser cambiada. Ahora creo que eso es falso -algunas personas pueden hacer y hacen el cambio.”[13]
En 2001, en un estudio sobre 200 ex-homosexuales, el Dr. Spitzer encontró que la religión era una razón muy importante por la que muchos abandonaron la homosexualidad: “Las dos razones más comunes para buscar el cambio eran que vivir como un homosexual o lesbiana ya no era satisfactorio (81%) y que el comportamiento homosexual estaba reñido con la religión del participante (79%).”[14]
Los resultados significativamente positivos de la terapia simplemente no pueden ser ignorados. La declaración Homosexualidad y Esperanza, de la Asociación Médica Católica observa:
Varios terapeutas han escrito ampliamente sobre los resultados positivos de la terapia de la atracción homosexual. Revistas de tratamiento para las atracciones no deseadas hacia el mismo sexo muestran que es tan exitoso como el tratamiento para problemas psicológicos similares: alrededor del 30% se libera de los síntomas y otro 30% experimenta una mejoría.
Relatos de terapeutas individuales han sido igualmente positivos. Esto es sólo una muestra representativa de los terapeutas que relatan resultados exitosos en el tratamiento de personas que experimentan atracción hacia el mismo sexo.[15]
Si la terapia para la atracción no deseada por el mismo sexo registra una tasa de éxito del 30% (y otro 30% son parcialmente curados) en la sociedad hedonista de hoy, ¿cuán mayor éxito podría esperarse en una cultura verdaderamente católica que proporcione todos los elementos para la práctica de la virtud?
“Si animales lo hacen, entonces debe ser natural”
Enterados de la debilidad científica de sus dos primeras premisas, los activistas homosexuales a menudo usan la tercera premisa basada, en el comportamiento animal.
El raciocinio que existe detrás de esta tercera premisa científica homosexual podría ser formulado así: “El comportamiento homosexual se observa en animales. Los animales siguen sus instintos de acuerdo con su naturaleza. Por tanto, la homosexualidad está de acuerdo con la naturaleza animal. Una vez que el hombre es también animal, entonces la homosexualidad debe también estar de acuerdo con la naturaleza humana.”
¿El infanticidio y el canibalismo son parte de la naturaleza humana?
Esta línea de razonamiento homosexual es insostenible. Aquellos que observan los actos aparentemente homosexuales entre animales deben aceptar también que otras formas de comportamiento animal tales como que los padres maten a sus descendientes, o que algunas especies se devoren entre sí, están también de acuerdo con la naturaleza animal.[16]
Aplicando este raciocinio al hombre (porque también es animal) forzaría a aceptar la conclusión absurda de que el infanticidio y el canibalismo están de acuerdo con la naturaleza humana.[17]
No existe en los animales un “instinto homosexual”
Cualquiera que se ocupe de la más elemental observación animal es forzado a concluir que la “homosexualidad” animal, el infanticidio y el canibalismo son excepciones del comportamiento normal animal. En consecuencia, no se puede hablar de ellos como instintos en la naturaleza animal. Estas formas observables y excepcionales de comportamiento animal resultan de otros factores más allá de los instintos normales.
Explicando el problema: estímulos que se chocan e instintos confusos
Explicando el problema de estos comportamientos, la primera observación que debe ser hecha es que los instintos animales no están atados por el determinismo absoluto de la leyes físicas que gobiernan el mundo mineral. En varios grados, todos los seres vivos pueden adaptarse en algo a las circunstancias. Ellos responden a estímulos internos o externos.
En segundo lugar, la cognición animal es puramente sensorial, limitada a los sonidos, a los olores, al tacto, al gusto y a las imágenes. Así, ellos no tienen la precisión y claridad de la percepción intelectual humana. Por tanto, no es infrecuente que animales confundan una sensación con otra o un objeto con otro.
Los instintos mueven al animal hacia un fin de acuerdo con su naturaleza. Sin embargo, la confianza espontánea del impulso instintivo puede sufrir modificaciones en su curso, como otras imágenes sensoriales, percepciones o la memoria pueden entrar en juego, como nuevos estímulos que afectan el comportamiento del animal. También, el conflicto de dos o más instintos puede a veces modificar el impulso original.
En el hombre, cuando dos reacciones instintivas se chocan, el intelecto determina el mejor curso a seguir, y la voluntad entonces refrena un instinto mientras estimula el otro.
En los animales, dada la ausencia de intelecto y voluntad, cuando dos impulsos instintivos se chocan, prevalece aquel más favorecido por las circunstancias. Esto resulta en casos observables de filicidio animal, canibalismo y “homosexualidad.”
Filicidio animal
Sarah Hartwell explica que las gatas matan a sus crías porque reciben señales mezcladas de sus instintos:
La mayoría de las gatas pueden conmutar entre el “modo jugar” y el “modo cazar” para no dañar a sus crías. En los gatos este desconectar el “modo cazar” puede ser incompleto y, cuando ellas se agitan mucho en el juego, el instinto “cazador” es forzado y ellas pueden matar a los gatitos. El instinto cazador es tan fuerte, y es tan duro desactivarlo cuando la presa está presente, que el descuartizar y aun el comer los gatitos pueden seguirse. Compare el tamaño, sonido y actividad de gatitos con el tamaño, sonido y actividad de la presa. Ambos son pequeños, tienen voces chillonas y tienen movimientos rápidos y erráticos. Todo esto dispara el comportamiento cazador. En el gato, el comportamiento maternal no siempre puede sobrepasar el comportamiento cazador y él trata a los gatitos exactamente del mismo modo como trataría una presa pequeña. Sus instintos están confusos.[18]
Canibalismo animal
A respecto del canibalismo animal la revista Iran Nature and Wildlife Magazine comenta:
[Un] caníbal es un animal que se alimenta de otros de su propia especie. Alrededor de 140 diferentes especies muestran tendencias caníbales bajo varias condiciones. El canibalismo es más común entre vertebrados inferiores e invertebrados, a menudo debido a que el animal depredador toma erradamente a uno de sus propios por presa. Pero también ocurre entre pájaros y mamíferos, especialmente cuando la comida es escasa.[19]
Comportamiento animal “homosexual”
Exactamente porque los animales carecen de razón, sus medios de expresar sus estados afectivos (temor, placer, dolor, deseo, etc.) son limitados. Los animales carecen de los ricos recursos de que el hombre dispone de adaptar su modo de hablar, mirar y hacer gestos para expresar sentimientos. En consecuencia, los animales a menudo expresan ambiguamente sus estados afectivos. Ellos piden prestados, por así decir, las manifestaciones del instinto de reproducción para manifestar los instintos de dominio, agresividad, temor, gregarismo, etc.
Un ejemplo típico de este fenómeno puede ser visto con bonobos. Estos mamíferos de la familia de los chimpancés tienen un comportamiento sexual similar. Estas actitudes sexuales son su manera de expresar dominio, temor, aceptación y otros estados afectivos. Así, Frans B. M. de Waal, que gastó cientos de horas observando y filmando bonobos, dice:
Hay dos razones para creer que la actividad sexual [comportamiento] es la respuesta del bonobo para evitar conflicto. Primero, cualquier cosa, no solamente el alimento, que despierta el interés de más de un bonobo a la vez tiende a resultar en contacto sexual. Si dos bonobos se aproximan a una caja de cartón lanzada dentro de su jaula, ellos rápidamente montarán encima del otro antes de jugar con la caja. Tales situaciones conducen a riñas en la mayoría de las otras especies. Pero los bonobos son bastante tolerantes, quizá porque ellos usan el sexo para distraer la atención y diluir la tensión.
Segundo, el sexo de los bonobos a menudo se realiza en contextos agresivos, sin relación alguna con la comida. Un macho celoso podría expulsar a otro lejos de la hembra, después de lo cual los dos machos se reúnen y frotan sus genitales. O después de que una hembra golpea a una cría, la madre de esta última puede embestir a la agresora, una acción que es inmediatamente seguida por frotamiento de genitales entre las dos adultas.[20]
Otra explicación para el comportamiento “homosexual” aparente entre animales es la confusión al identificar el otro sexo. Mientras más bajas sean las especies en la escala animal, más tenues y difíciles de detectar son las diferencias entre sexos, llevando a una confusión más frecuente.
En todo caso, permanece el hecho de que, cualesquiera sean las apariencias “homosexuales” que el comportamiento animal pueda asumir, ellas no vienen de un instinto “homosexual” que sea parte de la naturaleza animal. El Dr. Antonio Pardo, Profesor de Bioética en la Universidad de Navarra, España, explica:
Hablando en términos precisos, la homosexualidad no existe entre animales. Por razones de supervivencia, el instinto reproductivo entre animales es siempre dirigido hacia un individuo del sexo opuesto. Por tanto, un animal nunca puede ser homosexual como tal. Sin embargo, la interacción de otros instintos (particularmente el dominio) puede resultar en comportamiento que parezca ser homosexual. Tal comportamiento no puede ser considerado equivalente a una homosexualidad animal. Todo lo que significa es que el comportamiento sexual animal abarca aspectos más allá de la reproducción.[21]
En conclusión, la homosexualidad es no sólo contraria a la naturaleza racional del hombre, mas aun a la naturaleza animal.
notas
[1]Simon LeVay, “A Difference in Hypothalamic Structure Between Heterosexual and Homosexual Men,” 253 Science, 1034 (1991). J. Michael Bailey and Richard C. Pillard, “A Genetic Study of Male Sexual Orientation,” 48 Archives of General Psychiatry, 1089 (1991). Dean H. Hamer et al., “A Linkage Between DNA Markers on the X Chromosome and Male Sexual Orientation” in The Science of Desire (New York: Simon & Schuster, 1995), Apéndice A.
[2] Homosexuality and Hope (Catholic Medical Association, 2000) p. 2. (Las notas son omitidas.) Ver también Gerard J.M. van den Aardweg, p. 25.
[3] Simon LeVay, The Sexual Brain (Cambridge, Mass.: The MIT Press, 1993), p. xii.
[4] Ibid., p. 122.
[5] Dr. A. Dean Byrd and Stony Olsen, “Homosexuality: Innate and Immutable?” Regent University Law Review, Vol. 14, pp. 516-517. (Original footnotes omitted.)
[6] Ibid., p. 523.
[7]Hamer and Copeland, p. 104.
[8]George Rice, et al., “Male Homosexuality: Absence of Linkage to Microsatellite Markers at Xq28,” Science, Vol. 284, p. 667.
[9] Neil and Briar Whitehead, My Genes Made Me Do It! A Scientific Look at Sexual Orientation (Lafayette, La.: Huntington House Publishers, 1999), p. 9.
[10] Testimonios personales de ex-homosexuales pueden encontrarse en: www.narth.com/menus/interviews.html y http://couragerc.net/MemberTestimonies.html.
Para ejemplos sobre la animosidad los pro-homosexuales contra las terapias exitosas, ver: Dr. Gregory Herek, www.psychology.ucdavis.edu/rainbow/html/facts_changing.html, DignityUSA at www.dignityusa.org/news/981008exgay.html, GLAAD, www.glaad.org/media/archive_detail.php?id=133.
[11]Homosexuality and Hope, p. 6.
[12] Ibid.
[13] “Prominent Psychiatrist Announces New Study Results: Some Gays Can Change,” www.narth.com/docs/spitzer2.html.
[14] Warren Throckmorton, “Initial Empirical and Clinical Findings Concerning the Change Process of Ex-Gays,” Professional Psychology: Research and Practice, 2002, Vol. 3, p. 246.
[15] Homosexuality and Hope, p. 7.
[16] Cf. Sarah Hartwell, “Cats that kill kittens,” www.messybeast.com/kill_kit.htm. Also, “Cannibalism in Animals,” www.hamshahri.org/musiems/daarabad/inwm/no.8/english/wnw/wnw01.html.
[17] “Es un error frecuente el comparar los comportamientos humanos y animales, como si tuviéramos la misma naturaleza. Vemos, por ejemplo, actos de inenarrable ferocidad entre animales, como la muerte de las crías, de los individuos más débiles, y las parejas después de aparearse. Esto no significa que los hombres deban ajustar sus vidas a los patrones seguidos por los seres irracionales, no dotados de una conciencia individual. Las leyes que rigen el comportamiento humano son de una naturaleza diferente y deben ser buscadas donde Dios las inscribió, es decir, en la naturaleza humana”. (Bruto Maria Bruti, Domande e risposte sul problema dellomosessualità, www.paginecattoliche.it/domande¬_omosessualita.htm).
[18] Sarah Hartwell, “Cats that kill kittens.” (Destaques nuestros)
[19] “Cannibalism in Animals.” (Destaques nuestros.)
[20]Frans B. M. de Waal, “Bonobo Sex and Society,” Scientific American, Mar. 1995, pp. 82-88, www.songweaver.com/info/bonobos.html. (Our emphasis.)
[21] Antonio Pardo, “Aspectos médicos de la homosexualidad,” Nuestro Tiempo, Jul./Aug. 1995, pp. 82-89.
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