DIGAN LO QUE DIGAN
La canta: Raphael de España
Compositor: Manuel Alejandro (también español)
Más dicha que dolor hay en el mundo
más flores en la tierra que rojas en el mar
hay mucho más azul que nubes negras
y es mucha más la luz que la oscuridad
digan lo que digan, digan lo que digan
digan lo que digan, los demás
Son muchos muchos más, los que perdonan
que aquellos que pretenden a todo condenar
la gente quiere paz y se enamora
y adora lo que es bello nada mas
y digan lo que digan, digan lo que digan,
digan lo que digan, los demas
Hay mucho mucho más amor que odio
más besos y caricias que mala voluntad
los hombres tienen fe en la otra vida
y luchan por el bien no por el mal
digan lo que digan, digan lo que digan,
digan lo que digan, los demás..(2)
martes, 19 de abril de 2011
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
Compositor Manuel Alejandro
cantante: Raphael de España
QUISIERA DECIRTE ESTA NOCHE LO QUE SIENTO
PERO ESTAS TAN LEJOS, ESTA NOCHE, TAN LEJOS
QUISIERA DIBUJARTE CON LINEAS DE COLORES
Y AL GRITO DE LA NOCHE HACERTE REALIDAD
QUISIERA TENERTE ESTA NOCHE, ESTA NOCHE
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
ME APRIETAS EL ALMA
ME ARAÑAS EL SUEÑO
ME ENVUELVE TU ALIENTO AL VIVIR
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
ME INUNDA EL RECUERDO
TU VOZ AUN LA SIENTO
Y SOLO DESEO PEDIR VERTE AQUI, ESTA NOCHE
QUISIERA QUE VOLVIERAS ESTA NOCHE, CON EL VIENTO
Y VIERAS CON TUS OJOS ESTA NOCHE, LO QUE SIENTO
QUISIERA DIBUJARTE CON LINEAS DE COLORES
Y AL GRITO DE LA NOCHE HACERTE REALIDAD
QUISIERA TENERTE ESTA NOCHE, ESTA NOCHE
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
ME APRIETAS EL ALMA
ME ARAÑAS EL SUEÑO
ME ENVUELVE TU ALIENTO AL VIVIR
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
ME INUNDA EL RECUERDO
TU VOZ AUN LA SIENTO
Y SOLO DESEO PEDIR
VERTE AQUI ESTA NOCHE
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
ME APRIETAS EL LAMA
ME ARAÑAS EL SUEÑO
ME ENVUELVE TU ALIENTO AL VIVIR
Compositor Manuel Alejandro
cantante: Raphael de España
QUISIERA DECIRTE ESTA NOCHE LO QUE SIENTO
PERO ESTAS TAN LEJOS, ESTA NOCHE, TAN LEJOS
QUISIERA DIBUJARTE CON LINEAS DE COLORES
Y AL GRITO DE LA NOCHE HACERTE REALIDAD
QUISIERA TENERTE ESTA NOCHE, ESTA NOCHE
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
ME APRIETAS EL ALMA
ME ARAÑAS EL SUEÑO
ME ENVUELVE TU ALIENTO AL VIVIR
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
ME INUNDA EL RECUERDO
TU VOZ AUN LA SIENTO
Y SOLO DESEO PEDIR VERTE AQUI, ESTA NOCHE
QUISIERA QUE VOLVIERAS ESTA NOCHE, CON EL VIENTO
Y VIERAS CON TUS OJOS ESTA NOCHE, LO QUE SIENTO
QUISIERA DIBUJARTE CON LINEAS DE COLORES
Y AL GRITO DE LA NOCHE HACERTE REALIDAD
QUISIERA TENERTE ESTA NOCHE, ESTA NOCHE
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
ME APRIETAS EL ALMA
ME ARAÑAS EL SUEÑO
ME ENVUELVE TU ALIENTO AL VIVIR
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
ME INUNDA EL RECUERDO
TU VOZ AUN LA SIENTO
Y SOLO DESEO PEDIR
VERTE AQUI ESTA NOCHE
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
NO PUEDO ARRANCARTE DE MI
ME APRIETAS EL LAMA
ME ARAÑAS EL SUEÑO
ME ENVUELVE TU ALIENTO AL VIVIR
domingo, 6 de marzo de 2011
NO ME MUEVE, MI DIOS, PARA QUERERTE
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Han sido muchos los intentos de atribución de este soneto a uno u otro autor, por falta de argumentos probatorios suficientes.
El soneto, por su perfecta factura, figura como modélico en todas las antologías publicadas hasta hoy, desde que lo incluyó en la suya de las Cien Mejores Poesías de la lengua castellana Marcelino Menéndez Pelayo.
Nunca el amor a Cristo crucificado había alcanzado tal grado de pureza e intensidad en la sensibilidad de la expresión poética. En fechas en que la superficialidad cifraba en el temor al destino dudoso del hombre en el más allá, la moción de la piedad popular, este poeta acierta a olvidar premios y castigos para suscitar un amor que, por verdadero, no necesita de castigo, sino que nace limpio y hondo de la dolorosa contemplación del martirio con que Cristo rescata al hombre. Esa es la única razón eficaz que puede mover a apartarse de la ingratitud del ultraje a quien llega a amarte de manera tan extrema.
Concluido el desarrollo del tema en el espacio de los dos cuartetos, trazada la preceptiva línea de simetría armoniosa que distingue y define la bondad del soneto clásico, vuelven a retomar el desarrollo temático las dos estrofas restantes, mediante cambios sintácticos que encadenan sucesivas concesiones ponderativas, tendentes a reforzar de manera excluyente y convencida el propósito de amar a Cristo por encima de cualquiera otra consideración.
El estilo es directo, enérgico, casi penitencial por lo desnudo de figuras y recursos ornamentales. No es la belleza imaginativa del lenguaje lo que define a este soneto, sino la fuerza con que se renuncia a todo lo que no sea amar a quien, por amor, dejó destrozar el suyo.
Nos viene bien a todos ahora que está por comenzar la Cuaresma.
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Han sido muchos los intentos de atribución de este soneto a uno u otro autor, por falta de argumentos probatorios suficientes.
El soneto, por su perfecta factura, figura como modélico en todas las antologías publicadas hasta hoy, desde que lo incluyó en la suya de las Cien Mejores Poesías de la lengua castellana Marcelino Menéndez Pelayo.
Nunca el amor a Cristo crucificado había alcanzado tal grado de pureza e intensidad en la sensibilidad de la expresión poética. En fechas en que la superficialidad cifraba en el temor al destino dudoso del hombre en el más allá, la moción de la piedad popular, este poeta acierta a olvidar premios y castigos para suscitar un amor que, por verdadero, no necesita de castigo, sino que nace limpio y hondo de la dolorosa contemplación del martirio con que Cristo rescata al hombre. Esa es la única razón eficaz que puede mover a apartarse de la ingratitud del ultraje a quien llega a amarte de manera tan extrema.
Concluido el desarrollo del tema en el espacio de los dos cuartetos, trazada la preceptiva línea de simetría armoniosa que distingue y define la bondad del soneto clásico, vuelven a retomar el desarrollo temático las dos estrofas restantes, mediante cambios sintácticos que encadenan sucesivas concesiones ponderativas, tendentes a reforzar de manera excluyente y convencida el propósito de amar a Cristo por encima de cualquiera otra consideración.
El estilo es directo, enérgico, casi penitencial por lo desnudo de figuras y recursos ornamentales. No es la belleza imaginativa del lenguaje lo que define a este soneto, sino la fuerza con que se renuncia a todo lo que no sea amar a quien, por amor, dejó destrozar el suyo.
Nos viene bien a todos ahora que está por comenzar la Cuaresma.
martes, 18 de enero de 2011
Carta de Benedicto XVI sobre la Urgencia de la Educación
Autor: Editrice Vaticana | Fuente: Editrice Vaticana
Carta de Benedicto XVI sobre la Urgencia de la Educación.
Queridos fieles de Roma:
He querido dirigirme a vosotros con esta carta para hablaros de un problema que vosotros mismos experimentáis y en el que están comprometidos los diversos componentes de nuestra Iglesia: el problema de la educación. Todos nos preocupamos por el bien de las personas que amamos, en particular por nuestros niños, adolescentes y jóvenes. En efecto, sabemos que de ellos depende el futuro de nuestra ciudad. Por tanto, no podemos menos de interesarnos por la formación de las nuevas generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, y por su salud, no sólo física sino también moral. Ahora bien, educar jamás ha sido fácil, y hoy parece cada vez más difícil. Lo saben bien los padres de familia, los profesores, los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Por eso, se habla de una gran "emergencia educativa", confirmada por los fracasos en los que muy a menudo terminan nuestros esfuerzos por formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás y de dar un sentido a su vida. Así, resulta espontáneo culpar a las nuevas generaciones, como si los niños que nacen hoy fueran diferentes de los que nacían en el pasado. Además, se habla de una "ruptura entre las generaciones", que ciertamente existe y pesa, pero es más bien el efecto y no la causa de la falta de transmisión de certezas y valores.
Por consiguiente, ¿debemos echar la culpa a los adultos de hoy, que ya no serían capaces de educar? Ciertamente, tanto entre los padres como entre los profesores, y en general entre los educadores, es fuerte la tentación de renunciar; más aún, existe incluso el riesgo de no comprender ni siquiera cuál es su papel, o mejor, la misión que se les ha confiado. En realidad, no sólo están en juego las responsabilidades personales de los adultos o de los jóvenes, que ciertamente existen y no deben ocultarse, sino también un clima generalizado, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien; en definitiva, de la bondad de la vida. Entonces, se hace difícil transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida.
Queridos hermanos y hermanas de Roma, ante esta situación quisiera deciros unas palabras muy sencillas: ¡No tengáis miedo! En efecto, todas estas dificultades no son insuperables. Más bien, por decirlo así, son la otra cara de la medalla del don grande y valioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, donde los progresos actuales pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no existe esa misma posibilidad de acumulación, porque la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación debe tomar de nuevo, personalmente, sus decisiones. Ni siquiera los valores más grandes del pasado pueden heredarse simplemente; tienen que ser asumidos y renovados a través de una opción personal, a menudo costosa.
Pero cuando vacilan los cimientos y fallan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores vuelve a sentirse de modo urgente; así, en concreto, hoy aumenta la exigencia de una educación que sea verdaderamente tal. La solicitan los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la solicitan tantos profesores, que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; la solicita la sociedad en su conjunto, que ve cómo se ponen en duda las bases mismas de la convivencia; la solicitan en lo más íntimo los mismos muchachos y jóvenes, que no quieren verse abandonados ante los desafíos de la vida. Además, quien cree en Jesucristo posee un motivo ulterior y más fuerte para no tener miedo, pues sabe que Dios no nos abandona, que su amor nos alcanza donde estamos y como somos, con nuestras miserias y debilidades, para ofrecernos una nueva posibilidad de bien.
Queridos hermanos y hermanas, para hacer aún más concretas mis reflexiones, puede ser útil identificar algunas exigencias comunes de una educación auténtica. Ante todo, necesita la cercanía y la confianza que nacen del amor: pienso en la primera y fundamental experiencia de amor que hacen los niños —o que, por lo menos, deberían hacer— con sus padres. Pero todo verdadero educador sabe que para educar debe dar algo de sí mismo y que solamente así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico.
Además, en un niño pequeño ya existe un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería muy pobre la educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta acerca de la verdad, sobre todo acerca de la verdad que puede guiar la vida.
También el sufrimiento forma parte de la verdad de nuestra vida. Por eso, al tratar de proteger a los más jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de formar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas, pues la capacidad de amar corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos.
Así, queridos amigos de Roma, llegamos al punto quizá más delicado de la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. Pero la relación educativa es ante todo encuentro de dos libertades, y la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad. A medida que el niño crece, se convierte en adolescente y después en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas. En cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlo en sus errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que los compartimos como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano.
Así pues, la educación no puede prescindir del prestigio, que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Es fruto de experiencia y competencia, pero se adquiere sobre todo con la coherencia de la propia vida y con la implicación personal, expresión del amor verdadero. Por consiguiente, el educador es un testigo de la verdad y del bien; ciertamente, también él es frágil y puede tener fallos, pero siempre tratará de ponerse de nuevo en sintonía con su misión.
Queridos fieles de Roma, estas sencillas consideraciones muestran cómo, en la educación, es decisivo el sentido de responsabilidad: responsabilidad del educador, desde luego, pero también, y en la medida en que crece en edad, responsabilidad del hijo, del alumno, del joven que entra en el mundo del trabajo. Es responsable quien sabe responder a sí mismo y a los demás. Además, quien cree trata de responder ante todo a Dios, que lo ha amado primero.
La responsabilidad es, en primer lugar, personal; pero hay también una responsabilidad que compartimos juntos, como ciudadanos de una misma ciudad y de una misma nación, como miembros de la familia humana y, si somos creyentes, como hijos de un único Dios y miembros de la Iglesia. De hecho, las ideas, los estilos de vida, las leyes, las orientaciones globales de la sociedad en que vivimos, y la imagen que da de sí misma a través de los medios de comunicación, ejercen gran influencia en la formación de las nuevas generaciones para el bien, pero a menudo también para el mal.
Ahora bien, la sociedad no es algo abstracto; al final, somos nosotros mismos, todos juntos, con las orientaciones, las reglas y los representantes que elegimos, aunque los papeles y las responsabilidades de cada uno sean diversos. Por tanto, se necesita la contribución de cada uno de nosotros, de cada persona, familia o grupo social, para que la sociedad, comenzando por nuestra ciudad de Roma, llegue a crear un ambiente más favorable a la educación.
Por último, quisiera proponeros un pensamiento que desarrollé en mi reciente carta encíclica Spe salvi, sobre la esperanza cristiana: sólo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación, como de toda la vida. Hoy nuestra esperanza se ve asechada desde muchas partes, y también nosotros, como los antiguos paganos, corremos el riesgo de convertirnos en hombres "sin esperanza y sin Dios en este mundo", como escribió el apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 2, 12). Precisamente de aquí nace la dificultad tal vez más profunda para una verdadera obra educativa, pues en la raíz de la crisis de la educación hay una crisis de confianza en la vida.
Por consiguiente, no puedo terminar esta carta sin una cordial invitación a poner nuestra esperanza en Dios. Sólo él es la esperanza que supera todas las decepciones; sólo su amor no puede ser destruido por la muerte; sólo su justicia y su misericordia pueden sanar las injusticias y recompensar los sufrimientos soportados. La esperanza que se dirige a Dios no es jamás una esperanza sólo para mí; al mismo tiempo, es siempre una esperanza para los demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios en el bien, nos estimula a educarnos recíprocamente en la verdad y en el amor.
Os saludo con afecto y os aseguro un recuerdo especial en la oración, a la vez que envío a todos mi bendición.
Vaticano, 21 de enero de 2008
Carta de Benedicto XVI sobre la Urgencia de la Educación.
Queridos fieles de Roma:
He querido dirigirme a vosotros con esta carta para hablaros de un problema que vosotros mismos experimentáis y en el que están comprometidos los diversos componentes de nuestra Iglesia: el problema de la educación. Todos nos preocupamos por el bien de las personas que amamos, en particular por nuestros niños, adolescentes y jóvenes. En efecto, sabemos que de ellos depende el futuro de nuestra ciudad. Por tanto, no podemos menos de interesarnos por la formación de las nuevas generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, y por su salud, no sólo física sino también moral. Ahora bien, educar jamás ha sido fácil, y hoy parece cada vez más difícil. Lo saben bien los padres de familia, los profesores, los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Por eso, se habla de una gran "emergencia educativa", confirmada por los fracasos en los que muy a menudo terminan nuestros esfuerzos por formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás y de dar un sentido a su vida. Así, resulta espontáneo culpar a las nuevas generaciones, como si los niños que nacen hoy fueran diferentes de los que nacían en el pasado. Además, se habla de una "ruptura entre las generaciones", que ciertamente existe y pesa, pero es más bien el efecto y no la causa de la falta de transmisión de certezas y valores.
Por consiguiente, ¿debemos echar la culpa a los adultos de hoy, que ya no serían capaces de educar? Ciertamente, tanto entre los padres como entre los profesores, y en general entre los educadores, es fuerte la tentación de renunciar; más aún, existe incluso el riesgo de no comprender ni siquiera cuál es su papel, o mejor, la misión que se les ha confiado. En realidad, no sólo están en juego las responsabilidades personales de los adultos o de los jóvenes, que ciertamente existen y no deben ocultarse, sino también un clima generalizado, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien; en definitiva, de la bondad de la vida. Entonces, se hace difícil transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida.
Queridos hermanos y hermanas de Roma, ante esta situación quisiera deciros unas palabras muy sencillas: ¡No tengáis miedo! En efecto, todas estas dificultades no son insuperables. Más bien, por decirlo así, son la otra cara de la medalla del don grande y valioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, donde los progresos actuales pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no existe esa misma posibilidad de acumulación, porque la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación debe tomar de nuevo, personalmente, sus decisiones. Ni siquiera los valores más grandes del pasado pueden heredarse simplemente; tienen que ser asumidos y renovados a través de una opción personal, a menudo costosa.
Pero cuando vacilan los cimientos y fallan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores vuelve a sentirse de modo urgente; así, en concreto, hoy aumenta la exigencia de una educación que sea verdaderamente tal. La solicitan los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la solicitan tantos profesores, que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; la solicita la sociedad en su conjunto, que ve cómo se ponen en duda las bases mismas de la convivencia; la solicitan en lo más íntimo los mismos muchachos y jóvenes, que no quieren verse abandonados ante los desafíos de la vida. Además, quien cree en Jesucristo posee un motivo ulterior y más fuerte para no tener miedo, pues sabe que Dios no nos abandona, que su amor nos alcanza donde estamos y como somos, con nuestras miserias y debilidades, para ofrecernos una nueva posibilidad de bien.
Queridos hermanos y hermanas, para hacer aún más concretas mis reflexiones, puede ser útil identificar algunas exigencias comunes de una educación auténtica. Ante todo, necesita la cercanía y la confianza que nacen del amor: pienso en la primera y fundamental experiencia de amor que hacen los niños —o que, por lo menos, deberían hacer— con sus padres. Pero todo verdadero educador sabe que para educar debe dar algo de sí mismo y que solamente así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico.
Además, en un niño pequeño ya existe un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería muy pobre la educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta acerca de la verdad, sobre todo acerca de la verdad que puede guiar la vida.
También el sufrimiento forma parte de la verdad de nuestra vida. Por eso, al tratar de proteger a los más jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de formar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas, pues la capacidad de amar corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos.
Así, queridos amigos de Roma, llegamos al punto quizá más delicado de la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. Pero la relación educativa es ante todo encuentro de dos libertades, y la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad. A medida que el niño crece, se convierte en adolescente y después en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas. En cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlo en sus errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que los compartimos como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano.
Así pues, la educación no puede prescindir del prestigio, que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Es fruto de experiencia y competencia, pero se adquiere sobre todo con la coherencia de la propia vida y con la implicación personal, expresión del amor verdadero. Por consiguiente, el educador es un testigo de la verdad y del bien; ciertamente, también él es frágil y puede tener fallos, pero siempre tratará de ponerse de nuevo en sintonía con su misión.
Queridos fieles de Roma, estas sencillas consideraciones muestran cómo, en la educación, es decisivo el sentido de responsabilidad: responsabilidad del educador, desde luego, pero también, y en la medida en que crece en edad, responsabilidad del hijo, del alumno, del joven que entra en el mundo del trabajo. Es responsable quien sabe responder a sí mismo y a los demás. Además, quien cree trata de responder ante todo a Dios, que lo ha amado primero.
La responsabilidad es, en primer lugar, personal; pero hay también una responsabilidad que compartimos juntos, como ciudadanos de una misma ciudad y de una misma nación, como miembros de la familia humana y, si somos creyentes, como hijos de un único Dios y miembros de la Iglesia. De hecho, las ideas, los estilos de vida, las leyes, las orientaciones globales de la sociedad en que vivimos, y la imagen que da de sí misma a través de los medios de comunicación, ejercen gran influencia en la formación de las nuevas generaciones para el bien, pero a menudo también para el mal.
Ahora bien, la sociedad no es algo abstracto; al final, somos nosotros mismos, todos juntos, con las orientaciones, las reglas y los representantes que elegimos, aunque los papeles y las responsabilidades de cada uno sean diversos. Por tanto, se necesita la contribución de cada uno de nosotros, de cada persona, familia o grupo social, para que la sociedad, comenzando por nuestra ciudad de Roma, llegue a crear un ambiente más favorable a la educación.
Por último, quisiera proponeros un pensamiento que desarrollé en mi reciente carta encíclica Spe salvi, sobre la esperanza cristiana: sólo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación, como de toda la vida. Hoy nuestra esperanza se ve asechada desde muchas partes, y también nosotros, como los antiguos paganos, corremos el riesgo de convertirnos en hombres "sin esperanza y sin Dios en este mundo", como escribió el apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 2, 12). Precisamente de aquí nace la dificultad tal vez más profunda para una verdadera obra educativa, pues en la raíz de la crisis de la educación hay una crisis de confianza en la vida.
Por consiguiente, no puedo terminar esta carta sin una cordial invitación a poner nuestra esperanza en Dios. Sólo él es la esperanza que supera todas las decepciones; sólo su amor no puede ser destruido por la muerte; sólo su justicia y su misericordia pueden sanar las injusticias y recompensar los sufrimientos soportados. La esperanza que se dirige a Dios no es jamás una esperanza sólo para mí; al mismo tiempo, es siempre una esperanza para los demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios en el bien, nos estimula a educarnos recíprocamente en la verdad y en el amor.
Os saludo con afecto y os aseguro un recuerdo especial en la oración, a la vez que envío a todos mi bendición.
Vaticano, 21 de enero de 2008
sábado, 4 de diciembre de 2010
Aquellas pequeñas cosas
Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
...de ida y vuelta.
Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.
Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas.
Que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.
Joan Manuel Serrat
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
...de ida y vuelta.
Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.
Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas.
Que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.
Joan Manuel Serrat
lunes, 15 de noviembre de 2010
La virtud de la Lealtad
LEALTAD
Las lealtades de un hombre configuran el mosaico que muestra la clase de persona que cada uno ha escogido ser en la vida. Tus lealtades configuran en cierto sentido tu personalidad.
Lealtad indica la cualidad interior de rectitud y franqueza, de fidelidad y constancia a la palabra dada, a las personas e instituciones y también al propio honor personal. La lealtad es muy diferente del servilismo en el que con frecuencia caen los hombres cuando esperan o buscan conseguir algo que los ha cegado. La lealtad obra en un nivel más alto. Es como el coraje que se manifiesta con mayor claridad cuando se trabaja bajo presión. La lealtad sobrevive a las dificultades, sean externas o internas, a los contratiempos, resiste la tentación y no se acobarda ante los ataques. La lealtad vivida por un hombre engendra la confianza y conserva la amistad.
Incluye algunos elementos constitutivos como la necesaria adhesión de la persona humana a otro, particularmente a la religión, a la patria, a los jefes, a los grupos, a los movimientos en cuanto éstos representan un conjunto de valores dentro de la historia. Por tanto, la lealtad como superación del individualismo, y que engendra ineludiblemente un vínculo interior correspondiente a los lazos externos.
Otro rasgo constitutivo es su triunfo sobre el tiempo, la lealtad no es pasajera: perenniza amistades e instituciones, a pesar y gracias a las tribulaciones y crisis por las que puedan pasar. Estas crisis y dificultades son la autentificación de la lealtad.
Sin embargo, esta virtud no garantiza siempre una acción correcta que requiere algo más que buenas intenciones. La acción correcta requiere además la sabiduría para discernir lo correcto y la voluntad para realizarlo. La lealtad no implica tampoco de por sí simpatía con aquellos a quienes somos leales, ni de ellos a nosotros. La lealtad es muy diferente de la amistad, aunque a menudo van de la mano.
Podemos descubrir dos niveles: lealtad como vínculo interpersonal y como compromiso social. En el primer caso es una adhesión de naturaleza espiritual que une a dos personas en un tipo de promesa de fidelidad más o menos implícita. Un ejemplo muy concreto es el de David que permanece leal al rey Saúl, el ungido del Señor, aún cuando éste intenta matarlo. En dos ocasiones, nos narra la Biblia, David tiene la oportunidad de acabar con la vida de Saúl pero se abstiene de hacerlo por lealtad.
La ruptura de este vínculo personal constituye una traición o desprecio a la palabra dada de manera recíproca. La deslealtad ha sido siempre considerada como un envilecimiento de la persona en todas las culturas. Como botón de muestra basta pensar en la traición de Judas que resulta incomprensible o en la negación de Pedro que nos confunde y en la que tantas veces nos vemos identificados.
En el segundo caso se trata de una lealtad en el campo social que establece un vínculo interior, una adhesión propiamente humana, es decir, consciente, constructiva, y permanente a la sociedad, a los regímenes, a las instituciones y a los guías que los gobiernan. Es el caso del juramento de lealtad que presta el presidente a la constitución o los ciudadanos a la bandera. Es, aunque en otro plano superior, la Alianza entre Dios y el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento: Dios en el Sinaí comprometiéndose da su palabra e igualmente el pueblo de la Alianza se empeña en guardar lealmente el pacto con el Señor: «Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo».
Nuestras lealtades van evolucionando con nuestra vida en la medida que vamos descubriendo en ellas la verdad. Y puede llegar el momento de encontrarnos con lealtades aparentemente conflictivas que pueden imponernos decisiones desagradables. Conviene clarificar la diferencia entre una decisión desagradable y una decisión difícil, porque a menudo se confunden decisiones fáciles pero desagradables llamándolas difíciles.
Se necesita muchas veces una inteligencia perspicaz para resolver las dificultades que las lealtades conflictivas nos presentan. Cristo lo hizo con su memorable frase: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt. 22,21). La mayoría de los casos no son tan excepcionales. Son raras las veces en que no podemos ser leales a Dios y a la patria al mismo tiempo.
Grande es el alma de aquel que ha sabido conservarse leal a sus valores toda una vida y más bella es aún el alma de aquellos que han recibido el sello que autentifica su lealtad: el sufrimiento y no se han echado atrás. Las personas más leales en este sentido son los mártires cristianos.
Las lealtades de un hombre configuran el mosaico que muestra la clase de persona que cada uno ha escogido ser en la vida. Tus lealtades configuran en cierto sentido tu personalidad.
Lealtad indica la cualidad interior de rectitud y franqueza, de fidelidad y constancia a la palabra dada, a las personas e instituciones y también al propio honor personal. La lealtad es muy diferente del servilismo en el que con frecuencia caen los hombres cuando esperan o buscan conseguir algo que los ha cegado. La lealtad obra en un nivel más alto. Es como el coraje que se manifiesta con mayor claridad cuando se trabaja bajo presión. La lealtad sobrevive a las dificultades, sean externas o internas, a los contratiempos, resiste la tentación y no se acobarda ante los ataques. La lealtad vivida por un hombre engendra la confianza y conserva la amistad.
Incluye algunos elementos constitutivos como la necesaria adhesión de la persona humana a otro, particularmente a la religión, a la patria, a los jefes, a los grupos, a los movimientos en cuanto éstos representan un conjunto de valores dentro de la historia. Por tanto, la lealtad como superación del individualismo, y que engendra ineludiblemente un vínculo interior correspondiente a los lazos externos.
Otro rasgo constitutivo es su triunfo sobre el tiempo, la lealtad no es pasajera: perenniza amistades e instituciones, a pesar y gracias a las tribulaciones y crisis por las que puedan pasar. Estas crisis y dificultades son la autentificación de la lealtad.
Sin embargo, esta virtud no garantiza siempre una acción correcta que requiere algo más que buenas intenciones. La acción correcta requiere además la sabiduría para discernir lo correcto y la voluntad para realizarlo. La lealtad no implica tampoco de por sí simpatía con aquellos a quienes somos leales, ni de ellos a nosotros. La lealtad es muy diferente de la amistad, aunque a menudo van de la mano.
Podemos descubrir dos niveles: lealtad como vínculo interpersonal y como compromiso social. En el primer caso es una adhesión de naturaleza espiritual que une a dos personas en un tipo de promesa de fidelidad más o menos implícita. Un ejemplo muy concreto es el de David que permanece leal al rey Saúl, el ungido del Señor, aún cuando éste intenta matarlo. En dos ocasiones, nos narra la Biblia, David tiene la oportunidad de acabar con la vida de Saúl pero se abstiene de hacerlo por lealtad.
La ruptura de este vínculo personal constituye una traición o desprecio a la palabra dada de manera recíproca. La deslealtad ha sido siempre considerada como un envilecimiento de la persona en todas las culturas. Como botón de muestra basta pensar en la traición de Judas que resulta incomprensible o en la negación de Pedro que nos confunde y en la que tantas veces nos vemos identificados.
En el segundo caso se trata de una lealtad en el campo social que establece un vínculo interior, una adhesión propiamente humana, es decir, consciente, constructiva, y permanente a la sociedad, a los regímenes, a las instituciones y a los guías que los gobiernan. Es el caso del juramento de lealtad que presta el presidente a la constitución o los ciudadanos a la bandera. Es, aunque en otro plano superior, la Alianza entre Dios y el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento: Dios en el Sinaí comprometiéndose da su palabra e igualmente el pueblo de la Alianza se empeña en guardar lealmente el pacto con el Señor: «Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo».
Nuestras lealtades van evolucionando con nuestra vida en la medida que vamos descubriendo en ellas la verdad. Y puede llegar el momento de encontrarnos con lealtades aparentemente conflictivas que pueden imponernos decisiones desagradables. Conviene clarificar la diferencia entre una decisión desagradable y una decisión difícil, porque a menudo se confunden decisiones fáciles pero desagradables llamándolas difíciles.
Se necesita muchas veces una inteligencia perspicaz para resolver las dificultades que las lealtades conflictivas nos presentan. Cristo lo hizo con su memorable frase: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt. 22,21). La mayoría de los casos no son tan excepcionales. Son raras las veces en que no podemos ser leales a Dios y a la patria al mismo tiempo.
Grande es el alma de aquel que ha sabido conservarse leal a sus valores toda una vida y más bella es aún el alma de aquellos que han recibido el sello que autentifica su lealtad: el sufrimiento y no se han echado atrás. Las personas más leales en este sentido son los mártires cristianos.
domingo, 31 de octubre de 2010
Facebook y la publicidad
Facebook y el problema de la privacidad
No todo es culpa de Mark Zuckerberg
Cuando nació Facebook en 2005, bien pronto se colocó entre las preferencias de millones de usuarios dispuestos a ofrecer e intercambiar información sobre la propia vida a sus amigos y conocidos.
Pero la apuesta enseguida sugirió dilemas sobre la conveniencia de que ese material estuviera también disponible para ‘los amigos de los amigos’ y terminara en manos equivocadas. La inquietud se agravó todavía más en virtud de que esa información personal supuestamente protegida quedó al descubierto en buscadores comerciales como Google.
Periódicos como The Wall Street Journal revelaron también que la famosa red social fundada por el joven estudiante de psicología de la Universidad de Harvard Mark Zuckerberg estaba sublicenciando los datos de sus usuarios a terceros, concretamente a anunciantes.
En diciembre de 2009 Facebook emprendió algunas modificaciones de cara a garantizar la privacidad de los datos de sus usuarios, quienes podrían elegir libremente con quién compartir información. De ahí nacieron las 50 diferentes configuraciones y las 170 opciones para decidir con quién y cómo compartirla, con la confusión que eso implicó.
Voces en contra
En abril de 2010, una aplicación de la red social invitaba a compartir los gustos de los usuarios en páginas públicas. De hecho se ejecutó, a pesar de que la persona no hubiera aceptado. Fue entonces cuando algunos gobiernos y asociaciones de usuarios de Internet alzaron la voz.
A mediados de mayo de 2010, Facebook anunció la reconsideración de las políticas de privacidad y el 25 de mayo del mismo año se hacían oficiales cuáles serían esas políticas (se hicieron públicas en el blog oficial de Facebook:
http://blog.facebook.com/blog.php?post=391922327130).
¿Cuáles son los cambios? Tres, esencialmente: “Un mando único para el contenido, controles más potentes para tu información básica y un control fácil para apagar todas las aplicaciones”.
Quizá quedaban mejor explicados y analizados en el blog Contando Estrellas (http://www.outono.net/elentir/):
“Los cambios más escandalosos han sido los relativos a la sección “Amigos, etiquetas y conexiones” dentro de la Configuración de Privacidad”.
“Estos últimos días Facebook ha obligado a cambiar el viejo modelo de relación de gustos personales a los que aún nos resistíamos a adoptar el nuevo. Los cambios me han animado a revisar qué información ha hecho pública Facebook de mi perfil sin previo aviso. Mi sorpresa ha sido encontrarme con que Facebook ha abierto a todo el mundo los datos sobre ciudad de origen y residencia, formación y empleo, actividades, intereses y gustos. Millones de personas que habían decidido mantener cierto grado de privacidad sobre una parte o la totalidad de esos datos los tienen ahora expuestos al público sin saberlo”.
“Os aconsejo a todos pulsar aquí y revisar la configuración de privacidad de vuestras cuentas en Facebook, es muy posible que os llevéis más de una sorpresa. Os recuerdo, además, que desde el cambio de privacidad implementado en diciembre, Facebook publica la foto de perfil de sus usuarios aunque antes de ese cambio éstos hubiesen indicado que deseaban mantenerla en privado. Personalmente me quedo perplejo ante la tremenda ligereza que demuestra Facebook en lo relativo a la intimidad de sus usuarios y a la libertad de éstos para decidir qué relaciones quieren establecer en esa red. El pasado sábado Zuckerberg aseguraba que “los usuarios de Facebook no quieren una privacidad absoluta”, una declaración sorprendente teniendo en cuenta que esa red social ya tiene unos 400 millones de usuarios. ¿Ha hecho Zuckerberg una encuesta global entre todos ellos o ha decidido erigirse por su cuenta y riesgo en nuestro portavoz sin habernos consultado antes qué es lo que queremos?”.
Es evidente que Facebook no es una obra de caridad católica o una Organización No Gubernamental de carácter filantrópico. Precisa de ganancias para seguir funcionando y las ganancias dependen, en buena medida, de los datos que los usuarios libremente cargan.
El problema de la privacidad, que ya ha tenido tristes consecuencias, incluso se ha cobrado vidas por concepto de secuestros, o robos de contraseñas –por ejemplo–, es una responsabilidad compartida entre la organización que da el servicio y el usuario que sabe a qué se compromete y qué carga en la red.
Después de todo, nadie obliga a que alguien suba determinada información y las políticas de privacidad son visibles y a ellas se compromete sin coerción quien usa el servicio cuando acepta las condiciones de uso.
Cinco consejos prácticos
Y todo lo anterior, en cuanto responsabilidad compartida, invita precisamente a un uso maduro de esos medios. Fijándonos concretamente en el tema de la privacidad, a continuación cinco consejos prácticos que pueden ayudar a protegerse:
1. Autogobierno. Nosotros somos quienes controlamos el propio perfil, no el perfil quien nos controla a nosotros. El deseo de ser conocido no puede estar por encima de nuestra propia seguridad.
2. Respetar a los otros. Regla de oro: no hacer al otro lo que no me gustaría que me hicieran a mí.
3. Cambiar los datos de acceso. Si uso varias redes sociales, que no sea la misma clave que la del mail, que la de la tarjeta de crédito, el seguro médico, etc. Siempre una diferente. Así si roban una clave, robarán sólo esa clave.
4. Estar informados. Leer las letras pequeñas, saber a qué nos comprometemos, en dónde puede terminar nuestra información. No podemos quejarnos de lo que se nos avisó antes. Como dice el refrán: sobre aviso, no hay engaño.
5. Fijarse en los niveles de privacidad. Conocerlos y aplicarlos.
Como queda dicho, el problema de la privacidad no es sólo un problema de Facebook.
No todo es culpa de Mark Zuckerberg
Cuando nació Facebook en 2005, bien pronto se colocó entre las preferencias de millones de usuarios dispuestos a ofrecer e intercambiar información sobre la propia vida a sus amigos y conocidos.
Pero la apuesta enseguida sugirió dilemas sobre la conveniencia de que ese material estuviera también disponible para ‘los amigos de los amigos’ y terminara en manos equivocadas. La inquietud se agravó todavía más en virtud de que esa información personal supuestamente protegida quedó al descubierto en buscadores comerciales como Google.
Periódicos como The Wall Street Journal revelaron también que la famosa red social fundada por el joven estudiante de psicología de la Universidad de Harvard Mark Zuckerberg estaba sublicenciando los datos de sus usuarios a terceros, concretamente a anunciantes.
En diciembre de 2009 Facebook emprendió algunas modificaciones de cara a garantizar la privacidad de los datos de sus usuarios, quienes podrían elegir libremente con quién compartir información. De ahí nacieron las 50 diferentes configuraciones y las 170 opciones para decidir con quién y cómo compartirla, con la confusión que eso implicó.
Voces en contra
En abril de 2010, una aplicación de la red social invitaba a compartir los gustos de los usuarios en páginas públicas. De hecho se ejecutó, a pesar de que la persona no hubiera aceptado. Fue entonces cuando algunos gobiernos y asociaciones de usuarios de Internet alzaron la voz.
A mediados de mayo de 2010, Facebook anunció la reconsideración de las políticas de privacidad y el 25 de mayo del mismo año se hacían oficiales cuáles serían esas políticas (se hicieron públicas en el blog oficial de Facebook:
http://blog.facebook.com/blog.php?post=391922327130).
¿Cuáles son los cambios? Tres, esencialmente: “Un mando único para el contenido, controles más potentes para tu información básica y un control fácil para apagar todas las aplicaciones”.
Quizá quedaban mejor explicados y analizados en el blog Contando Estrellas (http://www.outono.net/elentir/):
“Los cambios más escandalosos han sido los relativos a la sección “Amigos, etiquetas y conexiones” dentro de la Configuración de Privacidad”.
“Estos últimos días Facebook ha obligado a cambiar el viejo modelo de relación de gustos personales a los que aún nos resistíamos a adoptar el nuevo. Los cambios me han animado a revisar qué información ha hecho pública Facebook de mi perfil sin previo aviso. Mi sorpresa ha sido encontrarme con que Facebook ha abierto a todo el mundo los datos sobre ciudad de origen y residencia, formación y empleo, actividades, intereses y gustos. Millones de personas que habían decidido mantener cierto grado de privacidad sobre una parte o la totalidad de esos datos los tienen ahora expuestos al público sin saberlo”.
“Os aconsejo a todos pulsar aquí y revisar la configuración de privacidad de vuestras cuentas en Facebook, es muy posible que os llevéis más de una sorpresa. Os recuerdo, además, que desde el cambio de privacidad implementado en diciembre, Facebook publica la foto de perfil de sus usuarios aunque antes de ese cambio éstos hubiesen indicado que deseaban mantenerla en privado. Personalmente me quedo perplejo ante la tremenda ligereza que demuestra Facebook en lo relativo a la intimidad de sus usuarios y a la libertad de éstos para decidir qué relaciones quieren establecer en esa red. El pasado sábado Zuckerberg aseguraba que “los usuarios de Facebook no quieren una privacidad absoluta”, una declaración sorprendente teniendo en cuenta que esa red social ya tiene unos 400 millones de usuarios. ¿Ha hecho Zuckerberg una encuesta global entre todos ellos o ha decidido erigirse por su cuenta y riesgo en nuestro portavoz sin habernos consultado antes qué es lo que queremos?”.
Es evidente que Facebook no es una obra de caridad católica o una Organización No Gubernamental de carácter filantrópico. Precisa de ganancias para seguir funcionando y las ganancias dependen, en buena medida, de los datos que los usuarios libremente cargan.
El problema de la privacidad, que ya ha tenido tristes consecuencias, incluso se ha cobrado vidas por concepto de secuestros, o robos de contraseñas –por ejemplo–, es una responsabilidad compartida entre la organización que da el servicio y el usuario que sabe a qué se compromete y qué carga en la red.
Después de todo, nadie obliga a que alguien suba determinada información y las políticas de privacidad son visibles y a ellas se compromete sin coerción quien usa el servicio cuando acepta las condiciones de uso.
Cinco consejos prácticos
Y todo lo anterior, en cuanto responsabilidad compartida, invita precisamente a un uso maduro de esos medios. Fijándonos concretamente en el tema de la privacidad, a continuación cinco consejos prácticos que pueden ayudar a protegerse:
1. Autogobierno. Nosotros somos quienes controlamos el propio perfil, no el perfil quien nos controla a nosotros. El deseo de ser conocido no puede estar por encima de nuestra propia seguridad.
2. Respetar a los otros. Regla de oro: no hacer al otro lo que no me gustaría que me hicieran a mí.
3. Cambiar los datos de acceso. Si uso varias redes sociales, que no sea la misma clave que la del mail, que la de la tarjeta de crédito, el seguro médico, etc. Siempre una diferente. Así si roban una clave, robarán sólo esa clave.
4. Estar informados. Leer las letras pequeñas, saber a qué nos comprometemos, en dónde puede terminar nuestra información. No podemos quejarnos de lo que se nos avisó antes. Como dice el refrán: sobre aviso, no hay engaño.
5. Fijarse en los niveles de privacidad. Conocerlos y aplicarlos.
Como queda dicho, el problema de la privacidad no es sólo un problema de Facebook.
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